VIOLACIÓN DE DOMICILIO por Elmer Van Hess

Publicado el 9 marzo, 2021

VIOLACIÓN DE DOMICILIO


Elmer Van Hess

-Elmer, hay cosas que no se olvidan de por vida, así como te recordamos a vos, recordamos
lindos y feos momentos. Emoción y dolor graban nuestra memoria. Ahora que la cuarentena
nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos, las puertas del viejo armario de la memoria se
abren para dar paso a una catarata de vivencias esclerosadas.
Con estas palabras, mi entonces joven seguidor, Eleuterio, me introdujo en un relato que
transcribo textualmente:

-Te voy a moler a palos -me dijo el subcomisario Rivera como bienvenida al asiento trasero
del patrullero Ford Falcon-. A los nenes como vos los hago pasar la noche en el calabozo con lo
más pesado que levantamos de la calle en la semana. El chiste te va a salir caro, no me vas a olvidar mientras vivas.

Rivera era un oficial cuarentón, corpulento, con permanente actitud de mando y experto en hacer valer sus charreteras. Hacia fines del año 70, cuando transcurre esta historia, era el subjefe de la comisaría 17, cita en la avenida Las Heras de la Capital, ahora CABA. Poco tiempo después sería nombrado Jefe de la custodia del presidente Alejandro A. Lanusse, lo cual ratifica el peso específico de su personalidad.

Yo, Eleuterio N. A. (doble apellido), era un joven de 17 años próximo a egresar como bachiller del Colegio Champagnat; la vida nos cruzó en la historia que hoy, medio siglo después, sigo recordando, como profetizó Rivera.

Corría la primera quincena de diciembre, nuestras últimas semanas de colegio. Entre los alumnos asistía un hijo del entonces canciller Dr. De Pablo Pardo, hombre de rígidas convicciones religiosas propias del nacionalismo católico de aquella época.

La preparación de las últimas materias, aderezadas con los calores del barrio norte, producía un sopor malsano para el espíritu inquieto de un joven teenager.

Ring, ring, ring, -sonó el teléfono de mi casa- ,42-3062, aún de seis dígitos.
-Hola Ele, conseguí unos apuntes de resumen para la materia del plomo que tenemos que dar el lunes -, dijo De Pablo Jr.-, venite y los repasamos. Además si tenemos suerte te voy a dar una sorpresa.

Los nombres simbólicos, conmemorativos o paradigmáticos tales como Sigfrido, Arquímedes, Clodomiro, Nepomuceno, Aristóbulo, el mío y tantos otros terminan siendo reducidos a un par de letras o algún sobrenombre de ocasión.
Mi karma fue ¨Ele¨. Eran tiempos de papel carbónico, la fotocopiadora no figuraba ni en la serie Supersónicos, así que los resúmenes se compartían in situ o había que copiarlos. Jr. vivía a pocas cuadras de casa en un elegante edificio de la avenida Quintana esquina Montevideo. A la media hora estaba entrando a su casa luego del saludo de cortesía al policía que custodiaba la entrada del edificio.

-Pasá Ele, llegaste rapidísimo, ¿viniste caminando o te tomaste el troley?
-¡Grande Jr.!, con el resumen este me salvaste la vida -le dije-, el manual de la materia es un adoquín.
El resumen era más corto que patada de chancho, así que de inmediato pasamos a concentrarnos en el té. La mucama que lo trajo hacía juego con el mobiliario, elegante y antiguo, de su casa. Todo lucía viejo y con cierto tufillo a naftalina (antecesora del Raid en la batalla contra la polilla).
-¿Y la sorpresa, qué? le dije.

Fue la pregunta inmediata, con los apuntes ya digeridos y el té en proceso de digestión.
-Jamón del medio -gritó Jr.-, siempre histriónico y muy afecto a las risotadas, en el sexto piso entró una chica nueva que está bien fuerte como te gustan a vos. Me contó el portero que preguntó por mi o si yo tenía amigos. Que la llamara. Es la casa de la Sra. Gorostazu de Chorripanopus que vive sola, así que la mina se rasca todo el día. La llamo y te arreglo para que subas a hacerle una visita, dicen que es muy afectuosa.

-Dale, -le dije- pero si llega a ser un bagre te capo.
-Jajá, confía en mi buen gusto, subí que te está esperando. Le dije que eras mi primo. Vení que te llevo al ascensor de servicio. Me debes una , me despidió Jr.
Ni bien llegué al sexto, no necesité tocar, la puerta estaba entreabierta.
-Hola, soy Lucy, ¿vos cómo te llamás?
-Me dicen Ele, mi nombre completo es muy largo porque viene de otro idioma.
-Bueno, ¿querés pasar a mi cuarto así conversamos?

La vocación social de Lucy se correspondía con la descripción hecha por Jr. Sus características antropométricas también eran muy razonables. Los cuartos de servicio, en los departamentos antiguos, eran reducidos y bastante desangelados. Lucy le había agregado un Ekeco, colgado en la pared y un par de posters de Radiolandia con las fotos de Rolando RIvas y de Nicky Jones. Sobre la mesa de luz se veía una cartita de amor escrita en una hoja de cuaderno, rayado caligráfico, diciendo ¨Lucy, Posti te ama¨. Por discreción no hice preguntas. Todo marchaba sobre rieles.

-Y vos que hacés, -me tiró a boca de jarro.

Hablar del colegio me sonaba un poco chato así que empecé a contarle las experiencias de mi viaje a Dinamarca. El rostro de Lucy pasó de la curiosidad al asombro y la incredulidad. No tenía claro si le estaba inventando una de cowboys o si en realidad había viajado a Marte. En ese momento me dije, mejor pasar a ¨las efectividades conducentes¨, como predicaba Don Hipólito Yrigoyen. Se ve que Lucy también abrevaba en el estanque yrigoyenista así que en minutos las palabras dieron lugar a los hechos, Dinamarca se desvaneció con la suavidad de una arritmia cacofónica.

Ella era unos cinco años mayor, que a esa edad es bastante. Gracias a nuestra inteligencia emocional aprovechamos la diferencia en beneficio de nuestro intercambio proto espiritual. La combinación de mayor experiencia con empuje juvenil resultó un éxito.

-Ring, ring, ring, ring, ring -, sonaba frenéticamente el portero eléctrico.
-¿Esperas otros amigos? -, le pregunté con una mezcla de broma y preocupación.
– No -me dijo,- mientras saltaba a apagar la luz del cuarto.
– Hola, hola, sí, soy la señora de la casa, ¿qué desea a esta hora? Son las once de la noche.

El diálogo continuaba pero no podíamos escuchar las palabras del otro lado del portero
eléctrico.

-La empleada está durmiendo en su cuarto sola. Acá no ha subido ningún hombre –contestaba molesta la Señora-. ¡Le digo que no! Lucy me sirvió la comida y se retiró a descansar.

Se escuchó colgar el receptor y se apagó la luz de la cocina. Pasó el chubasco, pensé, mientras manoteaba mi ropa en la oscuridad para volver a ponérmela, preferentemente los pantalones en las piernas y la camisa en los brazos.

-Ring, ring, ring, ring.
-¿Que desea ahora? ¿No le acabo de decir que acá no hay ningún hombre? -Contestó la Sra.-
ahora visiblemente alterada.
-Continua diálogo indescifrable-
-Me hubiera dicho que Usted era el policía custodio de la entrada del edificio -dijo la Sra., y agregó: ahora voy a revisar el cuarto de la empleada.
Toc, toc, toc, golpes en la puerta del cuarto.
-Lucy, Lucy, me dicen que hay un hombre con Usted.
-Nooo Señora, estoy aquí durmiendo.
-Abra la puerta ya mismo, quiero revisar su cuarto.
¡Qué momento! Mi corazón latía más rápido que las alas de un picaflor y mi sangre estaba más congelada que bocha de helado en fiesta de casamiento. Cuando finalmente se abrió la puerta, me enfrenté a la Señora. Una nonagenaria (seguramente algo más de sesenta, pero a mi edad a partir de cincuenta todo parecía lo mismo) con visibles signos de alteración y arropada con un batón rosa gastado. Mi única preocupación era evitar que la vieja no tuviera un soponcio y se me quedara dura ahí mismo. Lo que aún no me imaginaba es que la aventura recién estaba por comenzar.

-Señora, estábamos conversando un rato con la Señorita Lucy, yo ya me iba. No tiene nada de qué preocuparse.
-Lucy, está despedida -. La Señora no parecía amiga de las componendas-. Ahora mismo voy a llamar a mi hijo Miguel Ergasto, que es abogado, para que venga y se haga cargo de la situación.
-¡La culpa es del hijo del Canciller! -gritaba Lucy desaforada- , defendiéndose como gato entre la leña, para no perder su trabajo.

Sobre llovido mojado, pensé, Lo único que falta es tener que enfrentarme al Dr. Pablo y sus convicciones inquisidoras. Más rápido que volando se hizo presente el Dr. Miguel Ergasto.

-Doctor -le dije-, acá ha habido un lamentable malentendido que le ha causado un disgusto a su Señora madre. Yo aproveché un recreo, durante la preparación de un examen, para conversar un rato con Lucy y ya me estaba retirando.

-Está bien, rajate. Cuando me llamó mamá avisé a la policía y llegarán en cualquier momento. Ni corto ni perezoso enfilé hacia el ascensor de servicio. Craso error. El maldito no daba señales de vida y quedé encerrado en un palier de un metro cuadrado, acompañado por el tacho de basura. Mi suerte dependía de que el condenado aparato se pusiera en marcha antes de que llegara la policía, ya que a la escalera solo se podía acceder por la puerta principal.

Durante esos breves e interminables minutos, Lucy repetía como mantra, desde el otro lado de la puerta, “A ni bien pueda abrir te voy a acuchillar, degenerado. Por tu culpa me quedo en la calle.”

-¿Qué pasó Ele? -apareció la voz de Jr. por el hueco del ascensor.
-El hijo de puta del custodia de abajo llamó a la vieja a avisarle que había un tipo con Lucy. Ahora está viniendo medio Comando Radioeléctrico por una denuncia de violación de domicilio en el edificio del Canciller. ¿Cómo me ves?
-Qué cagada! Mi viejo nos mata.
-El único que nos puede salvar es el gringo -le dije-, llamalo y decile que me venga a sacar de la cana a la 17.
-¿Estás loco? yo soy el hijo del Canciller. ¿Cómo voy a llamar a la casa del Embajador de Dinamarca a las 11.30 de la noche a levantarlo de la cama para que vaya a sacar un amigo preso???
– ¡No seas boludo!! Prefiero morir colgado de la Sirenita en Copenhague que en un pasillo de la Cancillería. Anotá: 792-5832.
– Llamo y te aviso.
– Ok, tenés idea cómo se enteró el imbécil del cana que yo estaba acá? -le pregunté.
– Sí, cuando bajé a tomar un helado tuve la mala idea de contarle. Ya el portero me había dicho que andaba afilando con la Lucy, pero nunca me imaginé que se iba a poner celoso.
– Si salgo entero de esta me debes varias, boludo,-le dije.
– Huuuuum , huuuuum, huuuuum, – sirenas de varios patrulleros acercándose a Quintana 254.
-¿Dónde está? -preguntaron voces circunspectas.

Se abrió la puerta del palier de servicio donde estaba encerrado y en lugar de Lucy con su puñal había dos corpulentos sub oficiales de la Federal acompañados por su jefe. No recuerdo si cambiamos palabras; si hubo diálogo fue particularmente escueto. En cuestión de minutos me encontré soliviantado por uno de estos robots de cada brazo camino al ascensor principal. Al pasar por la garita estaba el alcahuete, poniendo cara de perro garcando, lo que no le evitó que lo mirara fijo y le dijera ¨pajero¨. Vocablo que asimiló debidamente. Tras los breves minutos que separan Quintana y Montevideo de Las Heras y Ayacucho -Comisaría 17- bajo el arrullo del ulular de las sirenas, me encontré abulonado a un banco de cemento en un salón, contiguo al patio que separa la entrada de la zona de los calabozos. Los sonidos en esos recintos no son alentadores: órdenes, ruidos indeterminados, algunos gritos de los presos. En mi cerebro, la orquesta se completaba con las promesas recibidas del subcomisario Rivera durante el traslado en el Falcon.

La situación era realmente preocupante; como si fuera poco, Jr. nunca me confirmó si había logrado hablar con el embajador. Náufrago y sin salvavidas. El primer desafío era sobrevivir enterito a la noche en el calabozo. Luego, tendría que enfrentar la furia esperable del Sr. Canciller y los retos en mi casa. Adicionalmente, si las mentas llegaban al colegio que algún fariseo, siempre presentes, rememorara a Torquemada y propusiera una expulsión jemplarizadora. En síntesis, una experiencia inolvidable.

-Soy el Embajador de Dinamarca -se escuchó de repente- proveniente de la puerta de entrada. Un silencio invadió todo el espacio.
Superado el síndrome de total desprotección, mi cerebro pudo reubicarse en mi cabeza.
-Acompáñeme señor, -me dijo el cabo- el Sr. subcomisario lo quiere ver.
El trato súbitamente había cambiado como de la Isla Maciel al Palacio de Buckingham;
¡Alabado sea el Señor!
-Este joven, Señor Embajador -dijo RIvera-, no solo ha entrado sin autorización en un domicilio ajeno, sino que cuando estaba siendo traído ha insultado al personal de custodia.
Pajero y también alcahuete, me dije para mis adentros.
El gringo, Bjarne era su nombre, un sabio, conocedor de la vida y gran profesional, hizo rápida gala de sus habilidades.
-Sr. Subcomisario -le dijo-, alguien que llega a cargos de la importancia del suyo o del mío, no lo hace sin haber sido alguna vez joven y bastante inquieto.
-Por supuesto, Sr. Embajador -dijo Rivera- con una sonrisa complaciente que no le cabía en la cara. Pero comprenderá que el insulto es inaceptable.
-PaKero? -dijo Bjarne haciendo uso al máximo de su acento-, estoy seguro que su hombre entendió mal y lo que Ele quiso decirle es ¨Taluego¨.
-Por supuesto, todo fue tan rápido que mi saludo se prestó a confusión -dije.
-Claro, algo así me imaginaba -sentenció Rivera- con la sonrisa picaresca que ameritaba la situación.
-Espero que la próxima vez pueda brindarle mi hospitalidad en Dinamarca -dijo Bjarne manejándose en la situación como pato en el agua.
-Se lo agradezco Embajador -replico sagaz el Oficial-. Lo mismo espero, mejor la hospitalidad en su lindo país que en cualquier comisaría.

En la puerta de la 17 nos esperaba un Mercedes Benz SE 300, en aquellos tiempos en Buenos Aires tan raro y deseado como lo sería hoy un Tesla.

-Elmer, como ves, la experiencia es de las que no se borran -le dije-.
-Mirá Eleuterio -dijo Elmer-, vos ya sabés que me gusta canalizar siempre que la situación lo justifique. Pero siento que debes tener mucho para contar de ese personaje tan especial como fue el embajador de Dinamarca.
-No te equivocas. Fue de las personas con más sabiduría de vida que conocí. Hoy, medio siglo después, sigo aprendiendo de sus enseñanzas. Quizás en su momento estaban muy por arriba de mi madurez. Me comprometo. Aunque no sé si será un cuento o un libro -, me despedí.
-Te tomo la palabra.

Elmer Van Hess (Narciso Ibáñez Menta), personaje de la serie llamada “El hombre que
volvió de la muerte”. Su cuerpo es comprado por un científico quien logra devolverlo a
vida mediante el reemplazo de sus órganos por unos artificiales. Lo convierte así en una
especie de súper humano, que ha vivido y experimentado el más allá y ahora queda
destinado a vivir muchísimo más que cualquier mortal. Entre los cambios que le han
hecho, han aumentado también su inteligencia, su sensibilidad. su intuición y su
comprensión de la naturaleza humana.

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