CENA EN EL JARDIN Por Rosa Serena

Publicado el 2 septiembre, 2021

CENA EN EL JARDIN


por Rosa Serena

El jardín está bellísimo esta temporada. Desde los balcones se lo ve radiante, más aún hoy, después de esa insistente llovizna matinal, todo parece más reluciente y envuelto en una nube de intensos y deliciosos aromas.

Hubo una época en que conocía el nombre de todas las plantas que poblaban el extenso parque, incluso las más exóticas, algunas de ellas hasta en sus rimbombantes acepciones en latín, pero con el tiempo he debido dedicarme más a apreciarlas en su belleza que en pretender recordar sus nombres en un ejercicio agotador e inconducente.

A través de los años y sin que pudiera en realidad advertirlo en toda su magnitud, esas nubes de olvido fueron avanzando sobre otros aspectos de mi vida. A menudo olvidaba el nombre de alguna persona, o bien alguna referencia importante desaparecía de mi mente, hasta que, después de haber perdido la asistencia a eventos que eran de mi máximo interés, decidí incorporar a mis diarias rutinas el uso de una simple agenda, hecho que había desestimado a lo largo de toda mi vida.

Pero lo que encendió definitivamente la alarma fue escuchar a mis amigas relatar anécdotas de las que, según ellas, yo había sido partícipe, pero de las que no guardaba, por cierto, ningún registro. Hasta llegue a dudar de la veracidad de esos relatos; era bien sabido que una de ellas había tenido fama de haber sido bastante fabuladora cuando éramos todavía niñas y bien podría adjudicársele a ella la autoría de esos eventos perdidos en el tiempo y ajenos totalmente a mi memoria.  Pero todas mis amigas por unanimidad daban fe de que yo había activamente participado de divertidos actos cuyas evocaciones llenaba de alegría nuestros encuentros, cuando esas escenas, en virtud de las que todavía se veían memoriosas, eran citadas con absoluto esmero.

La alarma inicial cesó cuando finalmente decidí aceptar que, en virtud de la edad, había detalles que ya mi memoria había decidido no registrar y dejé el susto para otras circunstancias que, muy a mi pesar,  no tardaron en aparecer.

Una tarde lluviosa en pleno mes de julio, envuelta en una especial nostalgia, no tuve mejor idea que ponerme a examinar los viejos álbumes de fotos. Todo lo padecido hasta ese instante había sido un juego de niños comparado con el profundo sentimiento de vacío que me albergó cuando, mirando esas imágenes, me vi de pronto rodeada de gente que no conocía. O que no recordaba haber conocido, que era todavía peor.

Las primeras fotografías me remitieron a la infancia. Podía reconocerme a mí misma en mis cuatro o cinco años, rodeada de niños en algunas, y con personas mayores que mucho se parecía a mí, en otras, pero nada podía yo decir de todos y cada uno de los que estaban conmigo en esas oportunidades.

Por más que hiciera grandes esfuerzos, no podía recordar si había tenido yo hermanos, como tampoco podía reconocer quizás a mis abuelos en esas personas mayores que me abrazaban con visible ternura. Eran demasiado grandes para ser mis padres, pero fueran quienes fueran ellos, nada podían transmitirme esos distantes rostros. Fue terrible ese momento en que me sentí sola en un enorme universo de cosas y personas desconocidas, tan lejos de mi frágil realidad.

Con afán incontenible, pasé con frenesí las hojas de más y más álbumes tratando de encontrar imágenes más recientes con la desesperación de poder reconocer personas más cercanas en el tiempo.

Fue entonces que me hallé en unas sublimes imágenes, radiante y hermosa en mi primoroso traje de novia; en una de ellas, sola frente a un espejo que me reflejaba deslumbrante y emocionada, y en otras junto a un caballero de elegante smoking que me miraba con ojos brillantes, rebosantes de amor.

Cerré los ojos con fuerza, en la seguridad de que, cuando los abriera para volver a sumergirme en esas fotos, podría reconocer a ese hombre que, sin dudas, sería mi esposo. Pero nada de eso sucedió, y así quedé, al borde de la locura, con las fotos entre mis manos, sin poder reconocer a nadie, ni siquiera a quien habría compartido buena parte de mi vida.

Solo estaba segura de que yo era Sara, mientras que casi todo lo demás había desaparecido de mi vida completamente.

¡Eso en verdad no podía estar sucediendo!  Tenía que existir la manera de ir hilando de a poco los hechos para rescatar del pasado a todas esas personas que habían significado mucho para mí como para dejarlas sumergidas en el tremendo olvido que, a su vez, iba hundiéndome inexorablemente en una profunda y definitiva soledad.

Insistí sobre el tema durante meses, hasta que un buen día, desesperada después de haber pasado horas hurgando entre las fotos, dejé el cuarto y fui corriendo escaleras abajo para hundirme en la frescura del jardín; necesitaba buscar el punto desde donde arrancar en esa búsqueda dolorosa pero imprescindible.

Me senté en una de las reposeras y dejé que mi mente flotara en ese ambiente que me era tan familiar y amado, con la secreta esperanza de que las hilachas de un pasado esquivo pronto volverían a enmarcar las tristes penumbras de mi desasosiego.

No estaba segura de haber habitado alguna vez en otra casa que no fuera ésa y si había algo que permanecía intacto en mis recuerdos era la presencia constante de ese espacio tan acogedor y bello. Podía verme corriendo entre los árboles rodeada de otros chicos de mi edad seguramente en algún festejo, y como entre sombras aparecían las imágenes de aquellas personas que estaban conmigo en las fotos y que tanto se parecían a mí, pero, por más grande que fuera el esfuerzo, no podía recordar quiénes eran ellos.

Como una alucinación, vino a mí la imagen de un objeto brillante, no demasiado definido, que saltó a mi vista de repente, como si quisiera transmitirme algún preciado secreto, algún importante mensaje.

Volví a la casa, subí las escaleras como si se acabaran los tiempos y ya en mi cuarto, abrí uno a uno los cajones de la cómoda buscando algo que pudiera parecerse a esa extraña y brillante presencia.

El intenso y dulce aroma a lavanda que iba saliendo de los cajones, lejos de calmar mi atribulado espíritu, iba envolviéndome en una excitación bastante parecida a la locura. Fue en medio de ese desatado frenesí que mis manos dieron con un alhajero de laca roja que descansaba en el segundo cajón, junto a otros coloridos objetos y que rápidamente despejó los tules de mis adormilados sentidos.

Abrir la deliciosa caja fue como adentrarme en un mundo que no por ser ajeno, me era desconocido. Una a una fui sacando las delicadas piezas buscando una respuesta que me hiciera retomar las riendas de mi accidentado sendero y, cuando ya casi el cofre estaba vacío, allí apareció con su fulgurante brillo, un pequeño dije de zafiros azules que parecía ser lo único que había quedado libre de las ausencias y los abismos.

Lo tomé entre mis manos y lo miré fijamente, atormentada por saber la razón por la cual semejante pequeñez podría tener concentrada lo que quedaba de mi vida.

Como de un negro túnel apareció de pronto el tierno rostro de una mujer mayor que estaba en casi todas las fotos relacionadas con mi niñez. El dije de zafiros prendido a una delgada cadena que rodeaba el cuello de la mujer se mecía muy lentamente al tiempo que ella me hablaba con dulzura y acariciaba mis largos cabellos esparcidos sobre la almohada.  Yo tendría unos cuatro años y había despertado angustiada luego de sufrir una pesadilla y ella estaba allí, con ese pendiente azul que tanto me gustaba, lista para enjugar mis lágrimas y reconfortar mi espíritu.

Como en ese entonces, milagrosamente me encontré otra vez en ese pequeño y tembloroso cuerpo, reeditando la misma pesadilla, llorando el mismo triste llanto, buscando el consuelo en esa misma mujer siempre vestida de negro que noche a noche acudía en mi auxilio.

A partir de esa repetida escena pude reconocer a la abuela Paula en la imagen de esa suave mujer que era una de las pocas personas que no habían sido devoradas por el accidente que sí se había llevado a mis padres y a mis hermanos.

El pendiente azul moviéndose en la noche era como un péndulo que me hacía retomar los buenos sueños y con ellos, la paz.

La dulzura de la abuela Paula, rescatada de ese pasado tumultuoso, se fue desvaneciendo como todos los demás y de un enorme salto, pasando por las relaciones amistosas que eran las únicas que parecían haber sobrevivido parcialmente a ese vendaval que barrió parte de mi pasado, mi mente volvió a la foto de mi boda con ese caballero que aún permanecía ajeno a mi duro e incierto presente.

Yo me veía jovencita, no tendría mucho más de veinte años, pero él era, sin dudas, mayor. Había algunos hilos surcando con suavidad su bellísimo rostro y sus manos parecían tener vida a pesar de estar atrapadas en la quietud de la imagen.

Sus manos. Por algo había yo fijado la atención en ellas. Parecía haber dulzura en esos largos y delicados dedos que sostenían mi mano enguantada, con la delicadeza de quien ama con devoción.

Alguien tocó a la puerta del cuarto y ese simple sonido me hizo volver a la realidad. Era Amelia anunciando que la cena estaba lista.

La puerta abierta permitió que el suave sonido de uno de mis valses preferidos inundara el silencioso cuarto. Algo hizo que yo ligara la música a la dulce presencia de mi amante esposo y fue entonces que pude sentir el delicado roce de sus manos en mi cintura. Como en sueños comencé a girar y girar y el vértigo logró rescatar de la insondable oscuridad el tibio aliento de Esteban acariciando mis oídos.

Esteban, así se llamaba. Al decir su nombre una y otra vez, van reviviendo como en fugaces sueños, sombras lejanas de besos furtivos, abrazos ardientes, dulces promesas de un amor eterno.

Levemente agitada, me asomo al balcón. La noche incipiente es cálida y apacible, y con buen tino Amelia ha tendido la mesa debajo de la pérgola donde el jazmín del país alborota con su perfume cada bocanada de la suave brisa que va cruzando el parque.

Alguien, un caballero portando un bastón negro, se acerca a la mesa. De pronto se da vuelta, me mira y me saluda con su mano de finos y largos dedos. A pesar de verse bastante mayor, tiene la sonrisa joven y, lo que es milagroso, los mismos ojos tiernos del señor que me acompaña en la foto de bodas. No sé si ha estado antes aquí, pero mejor voy bajando, sin dudas, el caballero me está esperando para cenar en el jardín.



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