PERSONAL JESÚS Por Marisol Jaime

Publicado el 1 abril, 2021

PERSONAL JESÚS


por Marisol Jaime

No puedo escribir nada. Menos lo pedido y en tan poco tiempo. En una de mis playlist se cuela Depeche Mode y el tema “Policy of truth”. Tengo rabia, en la editorial me dijeron que mis artículos perdieron el brillo. Sé que siempre termino escribiendo por los bordes, que nunca cumplo con la norma. Lo sé. Mi basura mental se desvanece cuando aparece la voz de Dave y hace que prenda un cigarrillo, que mi memoria vuelva al período cuando los conocí. Como hace unos diez años con su himno “Enjoy the silence” y ese mantra me enamoró. Aunque creo que mi punto de atención se localizó en Dave Gahan, un personaje tan oscuro y enredado que resulta escrito por un  hábil cuentista, con su figura hipnótica que baila de manera terriblemente sensual y disruptiva en los escenarios.

¿Habré perdido el clímax?, ¿qué es lo que no pega en los lectores? ¿Estaré achatada?, me digo. Tarareo el estribillo en un inglés rudimentario. Y Dave me abre paso en la mente y ahora sí mis dedos comienzan a hacer ruidos en el teclado al golpearlo y balbuceo unas palabritas sobre este enorme performer.

“Siempre que un personaje me deslumbra, me obsesiona, causalmente tiene algo de perturbador. Un deceso, un intento de, una extralimitación de sustancias…Cómo no narrar (decir) que Dave tiene la marca de Caín. (¿Yo también la tengo?). Le dicen el Gato, y no hace falta aclarar el porqué y hay dos hechos, entre tantos, bisagras en su vida.

 Dave marca en el teléfono el número que lo conecta a una mujer incondicional en su vida, su madre. Del tubo sale una voz tranquila, dulce, que repite varias veces un hola, hola. Luego de escucharla unos segundos, se decide por contarle que es su hijo, que la quiere mucho y sin dejar que la mujer pueda responder, le cuenta que en breve regresa. Que espere, por favor. Minutos después, dentro de la bañera, con un cortante se hace dos rayas rojas en las muñecas y comienza a fluir un líquido rojo que mancha la blancura de la tina. Envuelve esas cortaduras con toallas, inservibles, para detener la hemorragia.  Regresa al comedor, vuelve a tomar el tubo y le pregunta a su madre si aún sigue allí, le remarca con énfasis su amor y le dice que tiene que irse con prisa. Corta. Tiembla, siente mucho frío, aunque transpira, tiene la camisa empapada tanto que la puede retorcer y ver caer agua como lo hizo en un show, en su cara se marca la misma sonrisa que horas antes le dedicaba a sus fans sobre un escenario en Los Ángeles. Ríe largamente como cada vez que canta, al tiempo que le caen lágrimas que se mezclan con su pelo largo y farfulla palabras sueltas, como si se las comiera, está sentado en el piso, apoyando su espalda contra un sillón. Cuando su amiga abre la puerta, Dave mantiene su sonrisa y las toallas otrora blancas ahora son rojas. Mientras ella trata de ver qué le pasa, le corre el pelo húmedo de la cara y le habla, él ya no siente los dedos pero tiene un latir ardoroso bajo los paños de algodón. Su amiga de casualidad esa noche pasó por su casa, días antes, también por contingencia, él olvidó las llaves en la casa de ella.

  Al año siguiente, después de una entrevista donde hablaba sobre la soledad de la fama, en su sala azul, aquel cuartito que poseía bajo la escalera, entre chute y depresión, se inyectó otra dosis, no una más, una que le detendrá su corazón por unos minutos. Declaró haber visto luces y tinieblas. Y cómo fue testigo del momento en que lo reanimaron. Sintió que le apagaban las luces. No recuerda quién lo rescató de su casa. Luego de que le golpearan el pecho, respiró profundo, como el ahogado que libera el agua de sus pulmones, sintió la vida que ingresó por sus fosas nasales. El alma o lo que fuera que se llame había retornado a su cuerpo”.

¿Cuántas veces mi corazón se detuvo y volví a respirar?, ¿Cuántas veces solo respiré sin vivir?, pienso. Rodeada de gentes y sus lenguas he sentido lo gélido del terror ante la soledad. Mis fantasmas y los de ellos me acosaban. Perdida en pensamientos profundos muevo la cabeza de arriba hacia abajo porque suena “Never let me down again”.

Una pareja alguna vez me preguntó si me sentía ganadora o perdedora en mi profesión. Dudé. Aunque supe férreamente que mi vida tenía colgado el cartelito de “Game Over”. “¿Cuántas veces mi corazón se detuvo y volví a respirar?”, lo subrayo en la pantalla. Yo también tuve mi cuartito azul, solo que eran otras mis obsesiones. Pero sí con una vida cada vez más endogámica.

 “…Lo que nos aúna es vagar por tierras inhóspitas sin fe alguna, buscando un poquito de redención, alguien que escuche nuestras plegarias, soportando sin que cese de doler, buscando huir de la erosión del tiempo…O no. Lo que nos aúna es el miedo a vivir, a sobrevivir de una manera exitosa”.

Miro mis muñecas, no hay rayas rojas, tengo otras marcas. Soy una nadie que tiene ese histórico sello.

 “…Cuántas veces me quedé al lado del camino por miedo a no poder, por temor al cachetazo del fracaso, cuantas veces dije “perdí porque…” e inventaba miles de pretextos para aliviar mi ego. En muchas oportunidades los “NO” me enterraban a tres metros bajo tierra y cuando lograba salir, las reglas del mundo habían cambiado. O cuántos amores nos han dejado sin aire y sin poder levantarnos…a cuántas felicidades renuncié, cuántos te extraño se disolvieron en mi estómago…cuántas predicciones fueron mal leídas, quién puede caminar en mis (nuestros) pies sin hacer conclusiones rápidas…”

Sin darme cuenta se formó una montaña de cigarrillos en el plato. Subo el volumen porque se oye “Personal Jesús”.

 “…Necesito un descanso. ¿O esto es ya una vigilia? ¿Se puede descansar del dolor? ¿Podré respirar sin sentir agitación? ¿Podré tocar la fe?…”

Leo la pantalla y me doy cuenta que lo que creé no tiene ni un punto de roce con lo que me han encargado. Por enésima vez me fui por las ramas. Igual lo guardo y sonrío con malicia. Mi cabeza quiere seguir vomitando rezos.

“…Creo ser de carne y hueso. Y como quien necesita de indulgencia, tomo el teléfono y llamo a mi madre. Le digo que la quiero, que necesito creer en algo, en su amor, tal vez. Le pido que me espere, que tengo algo que hacer. Retomo la conversación y veo gotas rojas en mi ropa. Siento frío, mi madre pregunta por qué me río tanto. Te quiero, le digo y aprieto el botón de finalizar llamada. También sonrío y espero por ese alguien a quien le importo que en breve abra esa puerta. Mis respiraciones son débiles. Aún no vino nadie, yo no soy nadie, no soy una elegida, no tengo la marca, me doy cuenta. No soy la e… ”.

Sólo logro oír, débilmente, unas llaves que giran en la cerradura, pasos, y una alarma de ambulancia. Alguien viene a mí, no sé quién es pero me pregunta qué pasó, qué hice. Yo, ya en el piso, me estiro y toco la fe.

***FORMA PARTE DEL LIBRO DE RELATOS “FICCIONARIAS 1: SOBRE DEVOTIONAL TOUR DEPECHE MODE”.



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