LO QUE EL VIENTO NUNCA SE LLEVÓ por Marisol Jaime

Publicado el 23 marzo, 2021

LO QUE EL VIENTO NUNCA SE LLEVÓ


Por Marisol Jaime

(El disco “Circo Beat”)

Me acuerdo que hacía mucho frío y en mi casa estaban embobados con ese bendito partido de mundial en Estados Unidos (1994). Ahora, tiempo después, entiendo porqué era tan importante: el último gol de Diego Maradona. En realidad, a mí me daba lo mismo el evento pero si me digné a sentarme a verlo fue por algo más trascendental, Daniel, el mejor amigo de mi hermano también estaba reunido ahí.

Mi madre Ana, alertada de que no cazaba una con el partido (y no es que no me gustara, ese día quería enfocarme, sólo, en Daniel) con una actitud machista, y naturalmente aceptada, me mandoneaba para todos lados: “que Mariana de acá, que Mariana trae tal cosa, que llévate esto…”, a mi hermana Martina no le pedía nada porque ese día había traído a una amiga para jugar. Entonces yo iba y venía para todos lados, así pasó el primer tiempo y el entretiempo.

Daniel y mi hermano Pablo tomaban cerveza y fumaban nerviosamente, uno tras otro. Lo vivían desesperadamente, se tomaban la cabeza con cada tiro no acertado, insultaban a troche y moche y se besaban la camiseta argentina por cada gol convertido. Sumado a que este particular amigo de mi hermano quiso venir a casa porque hacía muy poquito habíamos comprado esa tele nueva –con control remoto- y, para ese entonces, la imagen era bien clarita.

También recuerdo que fui testigo de un hecho histórico: habían pasado trece minutos del segundo tiempo, mi mamá fumaba y tomaba whisky, al tiempo que se comía las pocas uñas que le quedaban. Y el partido yo lo miraba de acuerdo a la expresión de Daniel, él me iba adelantando y vaticinando los hechos. A los quince minutos, Daniel hizo gestos de entusiasmo, como si se hubiera congelado y de a poquito comenzara a moverse, apenas de sus labios exhalaba un “no, no, no… ¡goooooool!”, ojos vidriosos a punto de que cayeran lágrimas y me di vuelta a ver la pantalla. Vi venir corriendo a un Diez, desencajado, gritando ese acierto con la pelotita, a la cámara y su cabeza pegó como un rebote y se alejó del lente. Ese, su último gol en un mundial. Y yo fui testigo con 18 años de tamaña genialidad hecha gol.

Daniel y Pablo estaban arrodillados, llorando, abrazados a metros de la tele. Fui feliz al ver esa imagen. También mi madre lloraba y se reía a la vez, con esa sonrisa tan dulce y escandalosa. Todos éramos felices en ese corte en el tiempo. Es que con todos los problemas que teníamos, buscábamos algo de consuelo en un partido de selección, y por suerte ese día, ese 21 de junio, estallábamos de alegría con este triunfo.

Nosotres (Martina, Pablo, mi mamá y yo, con una perra y una gata, más mi abuela que venía a visitarnos dos veces por semana) vivíamos en una vieja casona de techo alto en Chacarita, en la calle Roseti.

Como siempre hacían ellos terminado el partido, se quedaban en el living escuchando los discos de Fito Páez, en ese tiempo, no se cansaban nunca de escuchar “Circo Beat” de adelante para atrás. Y ahí charlaban, se reían, fumaban y seguían con la cerveza. Todo a puertas cerradas. Precisamente eran unas puertas altísimas que permitían ver para adentro. Obviamente yo los miraba, cada tanto, así como  quien no quiere la cosa.

Pablo y Daniel tenían una relación simbiótica, eran tan parecidos a pesar de que uno era morocho y el otro rubio. Se conocían desde los seis años y en ese tiempo con 25 la relación era de hermandad. Ambos eran fanáticos del músico Páez, iban a todos los recitales juntos, salían a bailar, eran del Rojo y trabajaban juntos como enfermeros en el mismo hospital. Hasta mi mamá llegó a decir que Daniel era un hijo más y eso no me gustó, me mortificó tanto que le tuve que darle varias vueltas al asunto. Daniel no era mi hermano. No podía serlo.

La cuestión es que a los catorce años me di cuenta que me gustaba Daniel. Era más que eso, estaba enamorada hasta las patas. Si bien siempre me trató como a una hermana menor, no pude dejar de sentir cosas por este hombre. Tan protector, tan cálido y tan artista. Porque Daniel además de enfermero era clown, actor, ilusionista, artista callejero y un poeta monumental. Lo amaba en silencio tratando de que no se me notara, nutriendo una pasión a escondidas y odiando a cada nueva joven que traía a casa bajo el título de “novia”. Con él la pasábamos muy bien, aunque cada uno entendía el vínculo a su manera, alquilábamos películas para ver en la video, nos intercalábamos casetes o nos grabábamos cintas. Tan bien nos llevábamos, y yo con unas ganas de decir una verdad, mi verdad de amor, siempre a punto de desbandarse de mis labios.

También Daniel me prestaba o me recomendaba libros, era usual verlo venir por la calle Roseti con unas cuantas fotocopias bajo el brazo para mí. Por él me aproximé a la poesía, ya sea desde invitarme a leer libros o por tener guardados unos versos suyos. Pero sus producciones no eran tan lindas como las que yo leía de otres, estos versos era bien terrenales, tan incómodos y dolientes que los tenía que leer varias veces para entenderlos. Me enamoraba su forma de pensar y sentir el mundo. Tal como lo escribe Galeano, esto de senti-pensar el mundo.

Como cada noche que Daniel se quedaba en casa, la operación era la siguiente: yo dormía en la habitación de mi hermana y él dormía en mi cuarto. Esa noche terminaron muy tarde, a lo lejos se escuchaba la voz de Fito muy bajito y ellos canturreando las canciones. Sonaba “Lo que el viento nunca se llevó” y los oí subir la escalera (los cuartos tanto de Pablo como mío se ubicaban en el primer piso). Salí a  ver cómo habían dejado el living, como he de ocurrir, en un estado calamitoso. Fui hasta el pie de la escalera y miré hacia arriba. En mi cuarto se veía prendida una luz tenue y bajaba una música como en el volumen dos. Caminé unos escalones y cuando estuve por la mitad me volví corriendo a la habitación de mi hermana.

Después todo es confusión. Porque hay detalles que ya ni me acuerdo o que mi inconsciente selló bastante bien.

Al pensar en esa madrugada, mi cuerpo siente frío, mucho frío, al volver a subir esos escalones. Tengo flashazos de imágenes. Abrir la puerta de mi habitación, casi en susurros escuchar el disco “Circo Beat” (que se repetía una y otra vez) y un Daniel sumamente dormido. Al ritmo de:

/Hoy Frida pinta el cielo desde allá/ todo esto es un sueño, qué más da/ el paraíso es un lugar/

La tibieza de esa cama, mi cama, y del cuerpo de Daniel. El choque térmico de mi cuerpo frío y del suyo tan cálido, no le movió ni una pestaña dorada. Entre las sombras lo rodeé con mis brazos y apoyé mi cara en su brazo izquierdo. Mientras se eternizaba esa canción (“Lo que el viento nunca se llevó”):

/que es un milagro despertar / saber que nada es para siempre, y hoy / desafiar a las leyes de la gravedad / sólo reírme hasta verme flotar /

Le confesé, también entre susurros, todo mi amor.  Y se lo repetí al oído, varias veces, para que le quedara claro.

No sé si lloré o si la mente me afirma que así fue pero esas gotas que cayeron de mis ojos a su brazo, hicieron que él se moviera. Me paralicé. Así me contuve un rato, para mí,  eterno. Pero él se volvió a dormir. Esperé tiesa, sin respirar, y ya más segura le besé el brazo, con besos cortos y secos mientras le seguía revelando mi amor. “Te amo, desde siempre. Te amo. Te amo, Te amo…”

  • ¡¿Mariana?!, ¿¿¡qué haces acá!??, ¿¿estás loca??- me señaló sorprendido mientras se daba vuelta en medio de la oscuridad, reconociendo mi voz.

Yo no dije ni una palabra. Él me apartó bruscamente. No entendiendo nada. Luego hubo calma. Y yo arremetí diciéndole que lo amaba. Me acerqué y lo besé. Daniel no me alejó, ni se enojó. Solo me dejó hacer. Y entre las sombras el beso fue arrebato hasta que aparecieron los mandatos culturales y todo se detuvo ahí. Entre los “no puede ser, este beso no pasó”, “es una locura que termina acá”. Y me apuntó con tono severo que me fuera. Entonces me vi con mucho frío en la piel, descendiendo las escaleras. Consternada y feliz, incluso bajo la frazada resonaba la música de Fito Páez.

En los días posteriores nunca mencionamos lo ocurrido, hicimos de cuenta que nada sucedió, aunque algunas miradas hablan más y en ese compartimento se guardaba nuestro secreto, como si hubiese sido un sueño o una proyección fantasiosa. Él con sus parejas y yo con mi enamoramiento a cuestas.

Claro que después vino la muerte de mamá y eso hizo que nadie volviera  a ser el mismo. Nos habíamos caído por un barranco y nadie pensaba en lo lindo y bueno de la vida. O al menos los ojos rojos y vidriosos de todos los días nos impedían mirar con ánimo el futuro. Sin embargo, frente a la ausencia de mamá, Daniel venía muchísimo más seguido a vernos y a quedarse. Estábamos devastados y Pablo era al que más se le notaba. No comía, permanecía día y noche en la cama. Y su llanto desconsolado se oía a cada hora. Es por eso que Daniel cumplía el rol de muleta. Un Pablo amputado y su amigo  lo ayudó a caminar de nuevo.

Y resulta que meses después la impiadosa parca nos volvió a visitar y está vez le tocó a Pablo. Directamente nos pulverizó, no había manera de juntarnos. En medio de este desgarramiento del alma, Daniel no aparecía tanto, cada vez eran más espaciadas sus visitas. Se lo notaba distante, como ido. A Daniel no solo se le había muerto su amigo y hermano, sino el pivote de su vida. Por esos días supe que renunció a su trabajo en el hospital y que planeaba irse del país. Ya casi no aparecía por casa.

Antes de no verlo más, vino a casa a comunicar que se iba y dijo que si era posible le gustaría irse donde Pablo, ¡la angustia en su voz! Ya no era él, estaba raro, sus ojazos azules ahora eran opacos, pero la extrañeza en su rostro consistía en que ya no sonreía, era como un día nublado. El músico rosarino dice en una canción que nada nos deja más en soledad que la alegría si se va. Y yo que ya no podía llorar por nada ni nadie más, lo dejé ir. No tenía fuerzas para pelear contra nada y en el fondo, estaba segura que él necesitaba ausentarse.

De Daniel supimos a los pocos meses de que se fuera, por un encuentro casual de mi hermana  con su mamá y le comentó que le escribió desde Hong Kong que estaba trabajando como clown, perdido en el sureste de China. Me alegré por él pero me pregunté si ese hueco negro del alma también lo perseguía, tanto como a mí.

Fito Páez dice que el tiempo todo lo cura y lo lava y en parte fue así. Los años comenzaron a pasar, nuestra vida se acostumbró a las ausencias, pasó todo lo que el ciclo vital de una persona escribe que tiene que devenir: estudié (soy productora de televisión, como mi padre), tuve varias parejas, amigos, mascotas, fui tía dos veces, me mudé a Palermo, viajé, sin embargo el hueco seguía ahí, incólume. No tuvimos más noticias de Daniel y creo que tampoco las buscábamos para no volver a ese pasado tan doloroso.

Pero la vida, la vida tan astuta, diez años más tarde, en una tibia mañana de sol otoñal me dio un vuelco. Yendo a un Pago Fácil a pagar unas facturas de mi productora “PANA Producciones” (elegí el nombre como fusión y homenaje a los nombres de mamá y mi hermano), lo vi haciendo fila. No dudé, era él, mi cuerpo me lo confirmó con un inoportuno dolor de estómago. Estaba como a dos personas delante de mí. Tenía una barba rubia y canosa. Piercings en las cejas. Dudé en saludarlo, él aún no me había visto. Ambos teníamos 19 y 26 años cuando nos vimos por última vez.

Las manos me temblaban, el corazón me galopaba, sentí frío otra vez,  junté valor y me detuve tras de él cantándole un poquito de “Lo que el viento nunca se llevó”. Sorprendido al percibir mi voz, inconfundible para él, me miró, lentamente se le fue dibujando la sonrisa y me dio un abrazo que casi me quiebra varias costillas y me levantó en el aire.

Cuando puse los pies sobre la tierra, nos miramos largamente, nos reíamos, y nos preguntamos qué fue de la vida de cada uno. Su cara tenía un par de arrugas, duras líneas que daban cuenta haber sufrido algunas cosas, sus ojazos azules tenían un poquito de chispa pero nunca como los vi antes. Su pelo también dejaba asomar unas canas debajo de su gorro pasamontañas. Él me contó de todo, y todo en la fila del lugar, me dijo que viajó y viajó por varios países tratando de sacarse ese dolor de encima, que siendo un desconocido fue más bravo pero que esa pena no desaparecía. También que había vuelto hacía pocos años, que nos buscó sin éxito porque ya nos habíamos mudado. Que hoy se logra mantener como Ilusionista y sobre sus hijas de distintas nacionalidades. Que muchas noches vio mi foto y se durmió en una habitación. Y que Kubrick fue monumental. Cuando la gente tiraba la bronca porque habíamos desordenado la fila a la vez que la estancamos, Daniel me propuso tomar un café y ahí fuimos. Claramente el café emanaba una feroz nostalgia, intentamos reconstruir momentos y beberlos de a sorbitos para que nunca se acaben. Y coincidimos en que ya no basta con lo que dice Fito de tener una licorería dentro del placard para ahogar los tiempos que ya nunca vendrán.

Después es todo lo que debía venir, lo que no pudo pasar esa madrugada noventera, pasó.  Y nos seguimos viendo un tiempo más, de hecho trabajamos juntos porque llegué a producirle varios de sus espectáculos de magia, solo que ese hueco tampoco se alivió, y con el detalle de que faltaban mamá y Pablo, aunque estuvieron presentes en todos los climas tan íntimos que  resguardábamos.  Cuando todes vivíamos en la casona de Chacarita, siempre soñé en verme en los ojos claros de Daniel, como lo hago ahora junto a él en esta cama escuchando el disco “Circo Beat”.  Daniel tiene los ojos cansados pero aún brillan. Su sonrisa tiene tres niveles menos que la que yo conocí. Tiene tatuajes raros con letras chinas. Sigue siendo dulce y lo noto en cada caricia que arma. Ahora que me veo en sus ojos, no es como lo imaginé, su mirada me devuelve a una Mariana, también cansada, con marcas de expresión y con pelos entrecanos tapados por la tintura. Cuando Daniel besa destapa viajes y literatura, cuando Mariana besa deja partir dolor y desesperanza. Ahora estamos acá, abrazados en silencio, siento su corazón, pero el Daniel que amé con locura me espera, lo sé, en un lugarcito del pasado, en esa casona de la calle Roseti, junto a mamá y Pablo, seguramente, escuchando al flaco rosarino.

Pienso, solo eso.

***FORMA PARTE DEL LIBRO DE CUENTOS “ARTEFACTOS PERDIDOS”.

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