EL PUENTE por Cristina Briante

Publicado el 22 marzo, 2021

EL PUENTE


Por Cristina Briante

El asalto y la violación de mujeres fue la noticia más importante de la radio. Las compañeras de trabajo hablaron el día entero sobre el tema.

El timbre de salida sonó a las nueve de la noche.

– ¡Se acabó el lunes! – pensó, mientras hundía el peine en los pelos achatados, por la cofia del uniforme.

Angélica trabajaba en una fábrica de rollos para fotografía en Florida, al norte del Gran Buenos Aires. Había cumplido horas extras. Como de costumbre en el mes de julio, la demanda de rollos y papel fotográfico crecía.

La distancia del trabajo a la casa la cubría en tren, con la línea del Ferrocarril Belgrano.

Era noche cerrada cuando pisó la vereda. El frío le golpeó la cara y la obligó a protegerse levantando el cuello del saco. Caminó sola las siete cuadras hasta la estación. Al llegar a la punta del andén, oyó el silbato de la máquina que asomaba en la curva.

Subió al tren en el último vagón.

Las ventanillas con vidrios rotos daban paso al viento helado, que se filtraba a través de la ropa. Logró sentarse en la estación siguiente, Munro.

El invierno y el cansancio hacían más lento el camino de vuelta. Por la ventanilla la noche era negra; sólo una luz a lo lejos tintineaba al cruzar el río Reconquista. Hizo esfuerzos por no dormirse, pero el sueño la venció.

Cuando despertó, detrás del vidrio sucio vio el cartel de Ingeniero Nogués, a los tumbos llegó hasta la puerta, pero el tren tomó velocidad y dejó atrás el andén, no alcanzó a bajar.

Maldijo en silencio mientras las lágrimas le nublaron la vista.

El guarda estaba parado sobre el fuelle de unión entre vagones y a los gritos para despertar a los pasajeros dormidos anunció la próxima estación.

Al llegar a Grand Bourg, vio alejarse un tren por la vía contraria. Sabía que tendría una larga espera, a esa hora los trenes pasaban cada tanto.

Bajó, y con ella tres hombres hicieron lo mismo.

Pisó fuerte cada escalón, hasta que escuchó el chirrido a lata oxidada. Los cuatro cruzaron las vías hacia el andén opuesto, entre las toscas y los durmientes, ella fue la primera en la fila improvisada.

Cuando estiró la pierna derecha para subir al andén, sintió un fuerte dolor en la rodilla que la dejó sin respiración; tiempo atrás, una caída en el trabajo le provocó la fisura del menisco- ¡Mierda, lo que me faltaba! – se dijo.

Intentó comprar el boleto, pero mientras el jefe de estación cerraba la oficina, le advirtió que el próximo tren regresaba de Villa Rosa en dos horas.

– ¡La puta madre! – le gritó Angélica, pero el hombre levantó los hombros y continuó su tarea.

Angélica miró a su alrededor y sólo vio un perro en busca de comida. Podía oír el  latido de su corazón mientras las manos húmedas se enfriaban. Respiró hondo y arrancó andando por el caminito que bordeaba las vías. Su cuerpo pasaba del calor al frío.

Escuchó una voz ronca y el miedo le impidió darse vuelta.

¡Eh, doña, chist, chist…!

– ¡Doña, más allá tenga cuidado, hay un puente! —le gritó una sombra.

La voz venía del lado por donde se perdieron los hombres que habían bajado del tren.

Apuró el paso. El sudor crecía igual que el miedo.

-Este no me va a joder a mí – pensó y siguió.

Más adelante, el terraplén crecía en altura, el camino se interrumpía por un profundo zanjón y allí estaba el puente sin barandas donde asirse, los rieles como suspendidos en el aire unidos por los durmientes de madera, unos pocos hierros sueltos y abajo el vacío…

 -El tipo no me mintió- dijo en voz alta.

Por un instante sintió la rigidez del cuerpo. Debía elegir entre seguir por las vías, o volver a la soledad de la estación y esperar el tren que la acercara a su destino.

No tardó en decidirse. Llorando, furiosa, se colgó el bolso como mochila y con manos y pies escaló el terraplén donde se apoyaban las vías, en cuatro patas cruzó el tramo del puente sobre el arroyo de agua podrida.

Sintió ganas de vomitar. Las arcadas le quitaban fuerza y un líquido pegajoso le Inundaba la boca.

El fondo le devolvía una silueta deformada y, el temor a caerse. El cuerpo parecía de goma, exudaba olor ácido; ya lo había sentido antes, cuando el jefe la había manoseado. Sí, el mismo olor, olor a miedo, hizo esfuerzos para no mirar su sombra.

Sin aliento llegó al final del trayecto. Al pararse, un leve mareo la desequilibró, tomó, aire para continuar.

Después de andar por la vía los dos kilómetros que la separaban de la estación de Ingeniero Nogués, llegó al paso a nivel que cruza la ruta 197; sintió alivio.

A manotazos, secó las gotas que le impedían ver, llanto y transpiración le teñían la cara.  Caminó el tramo que faltaba hasta su casa por el costado de la ruta.

La luna iluminaba el sendero marcado al borde del asfalto. El crujir de las ramas interrumpía el silencio. En la quinta cuadra, un par de ojos colorados, brillantes, del perro que cruzó corriendo, más el ruido del motor del auto que la encandiló la sobresaltaron, sentía el cuerpo afiebrado.

Pensó en María y Juancito, ya dormidos cansados de esperarla. Seguramente asustados porque ella no llegó a la hora de costumbre. Por las mañanas los tres salían temprano, ellos a la escuela de doble jornada y Angélica al trabajo.

Si ocurría algo durante el día no tenía forma de saberlo, había un solo teléfono público en la comisaría, a diez cuadras de la casa.

Angélica confiaba en la buena voluntad de las maestras y de la vecina que siempre le daba una mano para mirar a los chicos, o alcanzarles algo de comida si tardaba en llegar por el atraso del tren.

Encontró la casa oscura. El reflejo de la luna en la pared del frente le devolvía la imagen de hombres y animales gigantescos, en lucha por atraparla.

Tanteó la cerradura y con esfuerzo abrió la puerta, los chicos la habían trabado con un cajón para escucharla llegar. Con la luz apagada tironeó del bolso, lo dejó caer sobre una silla: la Thonet con restos de esterilla, apolillada y chueca, que junto con dos tenedores; tres cucharas y una tijera, le tocó en el reparto como herencia después de la muerte de su madre.

Se desplomó vestida sobre la cama. Con esfuerzo tiró los zapatos en el piso.

El silbato del tren rompía el silencio de la noche, tironeó de la colcha hasta taparse la cabeza. Acurrucada como un bicho bolita, el llanto la fue acunando.

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