Homo Malcriadus Por Elmer Van Hesse

Publicado el 28 mayo, 2021

Homo Malcriadus


por Elmer Van Hesse

El Museo Británico siempre me resultó un enclave mágico, un punto de encuentro con la historia universal. Pocos lugares, si acaso alguno, reúne tantos testimonios del pasado de la humanidad. Cada sala contiene fragmentos de civilizaciones borradas por el calendario, fantasmas que sobreviven solo a través de su presencia en estas vitrinas. Los siglos del pasado más distante conviven con los más recientes, uno al lado del otro formando una réplica perfecta de lo que es el Universo. Faltaría solo agregar mágicamente la sala del futuro. Un tiempo único que integra toda la existencia como sucede en la realidad.

Cruzar el portón de entrada para transitar hacia ese majestuoso hall central es suficiente para conectarse con una energía especial, la misma que se experimenta cuando se observa un aerolito o una piedra traída de Marte. Es la vibración del Universo. Un museo guarda las miles de horas y de energías de los realizadores de sus obras, testimonios perennes de su mundo . Representa también un homenaje a la sociedad que construyó estos verdaderos almácigos de la historia. De otro modo, muchas de las piezas exhibidas estarían sepultadas, destruidas o simplemente hubieran sufrido el castigo del anonimato. La historia del hombre sigue viva gracias al esfuerzo y la visión de quienes supieron mirar más allá de su propia existencia.

Un museo es un mensaje de la humanidad al universo: esto somos, aquí estamos.

Cada vez que bajo a la tierra me estaciono en alguna de las salas del Museo Británico durante semanas enteras para conectarme con las almas que formaron parte de esas civilizaciones tan remotas como actuales. Mi condición me permite sumergirme en el mundo de estatuas, frisos, obras de arte, armas, utensilios y alhajas, como un drone mágico que puede volar al infinito a través de los tiempos, las galaxias, lo visible y lo invisible.

Voy a compartir con Uds. los vuelos testimoniales, como cuando sus amigos los invitaban a ver esos tediosos videos familiares gravados con su nueva cámara.

La ventaja con mi relato es que los directores son Uds. la pantalla es su imaginación. Pueden elegir la duración de cada escena. Lo placentero se pasa en cámara lenta, lo desagradable en fast forward y lo indigerible se borra.

No es un tour didáctico sino un journey de vivencias por las entrañas de la historia. A cada paso se irá descorriendo un velo. Cosas que han perdido sentido, quizás por la coteidianeidad, se embarazarán de significado, como esos espectros de la media luz que se convierten en figuras ni bien el amanecer espanta a la niebla.

  • five minutes to close -me dijo el guardia, con la habitual cortesía londinense, aunque su acento lo ubicaba más cerca de Lancaster.
  • Thank you Sr. -le contesté, y procedí a desencarnarme para así aprovechar las horas más tranquilas del museo, cuando no queda nadie.

Las muestras de la vida de nuestros ancestros anteriores a los cinco mil años son escasas. Es poco lo que se puede intercambiar con ellos. Aún los Sapiens y sus contemporáneos, hasta avanzados varios milenios, solo contaban con un lenguaje limitado. Sus mayores avances, además de erguirse en dos patas, fueron afilar piedras para cazar, cubrirse con pieles y domesticar algunos animales. El tamaño de su cerebro tampoco les permitía elucubraciones demasiado sofísticadas. Entre el uso de la piedra como arma, el fuego, la rueda y el hierro pasaron tantos miles de años que nos cuesta imaginar. Allende cinco mil años la mirada se topa con una densa neblina que se confunde con el abismo de la prehistoria.

Hace poco me crucé con una alma, cuyas primeras vidas constaban de aquella época y me sorprendió.

-Elmer, -me dijo- cuando comenzamos a caminar en dos patas, debido a la desaparición de las zonas selváticas producto de la glaciación, jamás hubiéramos imaginado que estábamos dando origen a una nueva especie.  Era un ser tan antiguo que aún no se habían inventado los nombres así que llamaremos Niño del Fuego, su historia como joven en la sabana africana dibuja los contornos de la vida de nuestros antepasados.

-El fuego era el valor más preciado en nuestra tribu -comenzó diciendo-, los ancianos le tenían un respeto reverencial. como si hubieran sido testigos de lo dura que era la vida antes de comprender sus usos. Saber encender el fuego era la virtud más valorada, los elegidos por los dioses y solo cuando estos querían, eran capaces de producir el milagro. Unos pocos jóvenes éramos cuidadosamente entrenados para mantener la llama encendida, día y noche, con viento, sol o lluvia. La desaparición del fuego ponía en riesgo nuestra supervivencia, no solo para calentarse sino para contar con una alimentación más nutritiva así como para protegerse de los grandes animales. Un día, cuando recién mi cuerpo se preparaba para comenzar a disfrazarse de adulto, me tocó quedarme solo a cargo de la llama. Esa mañana había estado buscando peces en el río, cuya agua estaba helada, para colmo, camino de vuelta me atacó la furia del dios blanco (tormenta de nieve). Llegué helado, mis manos estaban del color del cielo azul y mis pies, descalzos, grises como las nubes que anuncian los malos designios. Al anochecer, cuando me hice cargo de la llama comencé a sentir un calor que explotaba en mi cabeza, quizás era el dios del fuego descargando su furia sobre mí. Nunca lo llegue a saber, pero en algún momento sucumbí al calor. Cuando volví a mí encontré mi cuerpo cubierto de nieve así como los desechos del fuego que ya no brillaban más. Desesperado intenté de mil maneras extraer una chispa de esos leños ahora congelados. Para mí esa chispa era la vida. No lo logre. El mayor castigo en la tribu era para quien dejara apagar el fuego. El brujo mayor, cubriendo varios círculos en derredor de la brazas inertes interpretaba su extinción como una señal de la ira del Dios del Fuego en demanda de un sacrificio humano. La ceremonia tomaba todo el día, gran parte dedicada por los brujos a encender un nuevo fuego. Concluida esa etapa, se convocaba a la madre de la víctima, encargada de cortarle ambas manos con una piedra afilada. Los brujos entonces tomaban del cabello al pobre infeliz y lo arrastraban hasta las brazas para cauterizarle -asarle- los muñones y evitar que se desangre. En medio de los alaridos ensordecedores de los guerreros y bailes ornamentales de las mujeres, la víctima era cortejada hasta la selva para dejarla allí a la voluntad de los dioses. Los leones, más ocupados de lo prosaico que de lo celestial, no tardaban en organizar un festín de sangre y carne tierna.

Aún después de muchas re encarnaciones todavía puedo sentir el pánico al escuchar sus rugidos y soplidos a medida que se acercaban a mi. También veo esos ojos rojizos de estirpe sanguinaria inyectados de adrenalina anticipando la eyaculación de jugos gástricos con que sus entrañas se preparaban para recibir a la presa. En el instante cuando la bestia se abalanza, tenía los ojos cerrados en un intento desesperado por evadirme de ese infierno. Un golpe feroz anunciaba el contacto del animal  con nuestro cuerpo que rebotaba contra el piso, sin mediar ni un solo instante. Con la compañía inseparable del pánico, toda clase de temblores y aflojamiento de esfínteres, nos invade una fuerte sensación de calor proveniente de la zona donde se han afirmado las garras. La despedida de este mundo se inicia con el rugido infernal del león, su aliento pesado envolviéndonos la cara, un manantial de sangre que cubre toda nuestra conciencia y finalmente su fauces que nos ahorcan y trituran nuestra cabeza. Luego la oscuridad, de repente, el silencio, la paz y una luz que nos invade haciéndonos parte indivisible de ella.

 

Conmovido por el relato, busqué volver a concentrarme en las vitrinas Museo, ahora a media luz. Viendo algunas de las joyas que le pertenecieron, aproveché para convocar a quien fuera una integrante dilecta del harem del Califato Omeya, en los años 680 de nuestra era. Joven, plena de esa belleza particular pero estremecedora de la mujer árabe, Amira, educada, sumisa en apariencia, pero fuerte y segura como una amazona de Almanzor*.

  • Me imagino que me habrás llamado impresionado por el resplandor de mis joyas -me dijo-. La cultura árabe era muy sofísticada. Para manejar los pueblos conquistados sustituían la fuerza por inteligencia. Aplicaron la moderna teoría económica a la religión. Ellos en lugar de saquear las ciudades, matar a sus habitantes y obligarlos a profesar sus credos, aplicaban un impuesto diferencial a quienes practicaban otras religiones. Mantenían los factores de producción intactos y evitaban la violencia por motivos religiosos. Consecuencia, a lo largo de las generaciones lograron el crecimiento de su religión. Los pueblos se acercaron al ¨Profeta¨ por propia voluntad, para pagar menos impuestos. Por algo fueron los inventores de los números. Como en el judo, usaron la fuerza de su enemigo en su beneficio.
  • No conocía esa historia. A partir de hoy son también los grandes economistas de la Edad Media. Quizás aprendieron eso de los romanos, ellos también entendían que era mucho más inteligente cobrar impuestos que arrasar con las poblaciones conquistadas. Siempre que no se cuestionara la deidad del Cesar ellos permitían la práctica de todos los cultos.
  • Brillantes, las creencias religiosas servían como placebo para sobrellevar la dura realidad. La única esperanza para el pueblo era tener una muerte incruenta y llegar a gozar del paraíso. La realidad caminaba del brazo del infierno, nadie se preguntaba si la existencia podría esconder un rincón sin privaciones. Como preferida del harem yo tuve una vida privilegiada, distinta y distante a los sufrimientos que atormentaban a una gran parte del pueblo. Montañas de joyas preciosas rodeadas de hambre y miseria. Visto con ojos siglo XXI luce estremecedor e impiadoso pero así era la normalidad hace 1400 años.

En eso sentí una presencia que quería conectarse conmigo. No lo reconocí.

  • Quien sos.
  • Mi nombre llega la final -me dijo-. A vos Elmer, te fue concedido el poder de pasar de la vida a la muerte y volver a la vida. A mi en cambio se me permitió anticipar eventos a miles de años de distancia. En una de esas visiones presencié la llegada de la Era de Acuario cuando trajo una pandemia llamada COVID. El desafío será tener la humildad para aceptar las dificultades y aún así comprender el privilegio de vivir en esta época, un paraíso comparada con la historia de la humanidad. Si el hombre supera el desafío, afianzará su conexión con el Universo a niveles nunca alcanzados desde Adán; el riesgo es volver a caer en la tentación de comer la manzana de la soberbia.
  • Tus palabras contienen la profundidad de los profetas que iluminaron los senderos del valle de la dualidad. Si me buscaste es porque tu mensaje, como el arco iris, debe irradiar sus colores anunciando el fin de la tormenta. Adelante, tenemos casi toda la noche hasta que abran nuevamente al público las puertas del Museo.
  • Yo vivía en Saint-Rémy de Provence en la céntrica calle Hoche, año 1515. A poco de graduarme de médico en la Universidad de Mont Pellier, durante mi estadía en Burdeos me tocó convivir con el rostro helado pálido y de la Peste Negra.  Ese verdadero azote del infierno se llevo uno de cada tres habitantes de Europa. Una madrugada, lluviosa y pestilente, desperté sobresaltado con la sensación de estar cayendo por un barranco adornado por cadáveres que me daban la bienvenida. Los borrachos en la calle con sus cantos melancólicos y el chijete puntiagudo que se abría paso por las endijas de la puerta formaban un duo implacable contra cualquier intento de Morfeo. No sé si debo agradecer al chijete o a los borrachos, pero estar despierto esa madrugada me salvó de haber sufrido un tránsito ígneo hacia la posteridad. En medio de la noche, un amigo sobresaltado golpeó la puerta para avisarme que la Inquisición, celosa de mis descubrimientos sobre la peste negra, estaba por iniciar un proceso en mi contra. En menos de lo que canta un gallo salí huyendo de la ciudad.

La Peste produjo que la gente en medio de la desesperación y la ignorancia culpara como responsables a los seres más insólitos y ridículos: perros y gatos, piras ardientes con acusados de brujería y hasta los judíos tuvieron que mudarse de apuro de aquellas ciudades donde la lista de condenados les resultaba insuficiente. Por supuesto que las verdaderas difusoras de la peste, las ratas, henchidas de placer presenciaban las carnicería de sus dos peores enemigos.

Habitar ciudades como Londres o París en esos años era, no solo una sentencia de muerte, sino un desafío a los sentidos. Hedores nauseabundos emanaban de las deposiciones humanas que se dejaban en la calle, sumada a los cadáveres abandonados que se agolpaban en varios puntos de la ciudad. Para colmo, los moribundos también despedían un fuerte olor a descomposición. La enfermedad iba generando protuberancias de tejidos muertos que  comenzaban a reventarse y supurar varios días antes de la partida de la víctima.  Para colmo, las calles eran de barro y las ciudades no contaban con agua corriente.

Para  cuando pude regresar, un par de años después , mi familia había sufrido tal avance de la peste que solo pude presenciar la muerte de cada uno de ellos en mis brazos. El inmenso dolor fue lo que me abrió un canal directo con el Universo. Las limitaciones del médico implosionaron para dar a luz a la inmensidad del profeta.

  • Podredumbre, olor, frio, hambrunas, odios y violencia, -atiné a balbucear- escuchando estas historias sobre lo que fue la vida para el hombre a lo largo de su existencia me da una mezcla de vergüenza y temor escuchar el tono de las quejas actuales. ¿Hasta dónde se puede desafiar al Universo con semejante soberbia y desparpajo?
  • Verás Elmer -me dijo- las almas que hemos transitado muchas vidas, somos testigos de que el hombre se acostumbra a lo fácil, la soberbia hace el resto. Se asombra ante cualquier adversidad. Lo enfurece ser desafiado. Hoy a nadie se le ocurriría quejarse de la ley de gravedad, pero ni bien aprendan a levitar seguro que se quejarán de haber tenido luchar durante tantos siglos contra la gravedad.

Mi nombre es Michel Nostradamus, -aclaró al despedirse.

  • Mi corazón se detuvo, ¿es posible que el Homo Sapiens haya dado origen a una especie antropófaga, el Homo Malcriadus?

Elmer Van Hesse.

Elmer Van Hess (Narciso Ibañez Menta), personaje de la serie llamada “El hombre  que volvió de la muerte”. Su cuerpo es comprado por un científico quien logra devolverlo a vida mediante el reemplazo de sus órganos por unos artificiales. Lo convierte así en una especie de super humano, que ha vivido y experimentado el mas allá y ahora queda destinado a vivir muchísimo más que cualquier mortal. Entre los cambios que le han hecho, han aumentado también su inteligencia, su sensibilidad. su intuición y su comprensión de la naturaleza humana.

* Promotor de la caballería árabe en la Península Ibérica.



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