BOCA DE LOBOS (IV) | Juan Botana

Publicado el 3 marzo, 2021

BOCA DE LOBOS Capitulo 4


Por Juan Botana

El perro con Ricardito era totalmente dócil, pero su padre no se confiaba y menos de los demás. Caminaron hacia el parque los tres por la calle Eleodoro Lobos hasta cruzar la avenida Díaz Vélez. Llevándolo…

El parque era hermoso, repleto de pájaros y de flores: había zorzales, colibríes, botones de oro, cabecitas negras, mirlos y una calandria mora que no paraba de cantar. Las flores eran muchas y distintas, pero sólo reconoció los claveles.

Ricardito lo recordaba de cuando pasaron por allí el día de la mudanza. Tenía una pileta sin agua, vacía, que en algún momento iba a ser un lago artificial, pero estaba en refacciones. Ricardo se prometió volver cuando las obras estuvieran terminadas.

Su padre ni bien llegaron se puso a hablar con todos los perreros del lugar, o mejor dicho, con todos los que le hablaron. E inmediatamente empezó a contar anécdotas. En eso Mario empezó a calentar la garganta repitiendo las historias fantásticas que le contó el forro de Murias, como si fueran reales, como si él las hubiera vivido, cuando la charla se le fue de las manos y a Ricardito el Gitano por esa puta costumbre de obedecerlo siempre, aunque sus órdenes no tuvieran razón.

Se acercó un perro y empezó a olfatearlo, el Gitano lo miró a Ricardo igual que como lo miró el día que se conocieron, con ojos sin retorno, como pidiendo ayuda. Parecía llorar.

El otro perro era un Gran Danés, prepotente, altanero, ¡bastante boludo el pobre! y le empezó a olfatear la cara. Y a nadie que le pagaron alguna vez le gusta que le toquen la cara.

El Gitano empezó a fastidiarse.

Ricardito notó que su perro se puso más nervioso que de costumbre y nunca lo había visto así.

Era inevitable, iba a reaccionar como cualquiera que alguna vez lo golpearon y mucho. La espera se demoraba más de lo previsto para cualquiera que lo observara, pero no para él. Tenía la paciencia de un profesional y la lealtad hacia el amo educada a garrotes, porque esperaba la orden como cuando lo hacían pelear en el fondo mugriento de la casa de don Murias. Se tomaba unos segundos para reaccionar, porque no se pelea en caliente. Esperaba la orden de alguien que había peleado y se sabía ganador, pero ya no lo quería hacer y lloraba por eso…

Ricardo lo miró a su padre y por primera vez lo vio como realmente era. Se salía de sí, ni siquiera había un puto policía en el parque, ni una esquina oscura que lo regulara, ni estábamos en casa. Tampoco estaba su papá Enrique, el abuelo de Ricardo, que cuando lo miraba con la indiferencia y el desprecio que lo hacía era peor que cualquier trompada.

“Soltalo, Ricardo!, ¡soltalo! ¿No ves que está llorando?”.

Y Ricardo lo soltó. Y fue ahí, en ese preciso instante, cuando aparecieron sus dotes de peleador callejero. El Gitano sin tomar envión pegó un salto mortal y giró en el aire, como un trompo. Mientras giraba en el aire abrió su boca y dejó caer su mandíbula de 30 kilos de peso, que estranguló el cuello del Gran Danés. Fueron tres o cuatro segundos, no más, cuando el Danés se desplomó sobre la vereda con sangre y sudor café que destiñeron su manto rojo para siempre, su pelaje color ladrillo sobre el suelo del parque sin plantas y con flores, pero sólo reconoció los claveles. Como si el castigo se repitiera por igual para ganadores y perdedores o para hombres y perros.

El papá de Ricardo enloqueció. Tomó al Gitano en sus brazos y se fueron corriendo sin hacerse cargo de lo que había sucedido ese día en el parque.

El Gitano estaba bañado en sangre, salpicado, impertérrito. Ya nunca más pudo mirarlo a los ojos a Ricardito de la misma manera. Sabía lo que había vuelto a hacer y que esta vez sí iba a ser condenado por eso. Su padre creía que el perro estaba lastimado, porque no alcanzó a ver la pelea en primera fila como la vio su hijo al borde de otro cielo rosado que anticipa la tormenta.

Corrieron las tres cuadras hasta la casa sin mirar atrás. En el apuro Ricardo perdió el collar de púas que lo defendía del peligro. Su padre abrió las dos puertas con cerrojo pero sin llaves de la entrada de la casa de par en par, a los gritos:

“Elviraaa, pelotuda, vení para acá! ¿No te das cuenta que el perro está lastimado? ¡Ayudame!” Y Elvira lo ayudó.

El Gitano no tenía nada.

Ricardo sabía perfectamente que el Gran Danés no le había hecho nada, pero no pudo decírselo. No lo escuchó.

Gritaba como un loco:

““El perro no tiene nada”. ¡Era verdad, sabía pelear!”. No como Alberto.

A las horas, esa pelotuda, como él decía, tuvo que ir a abrir la puerta cuando tocaron el timbre, porque él no tuvo huevos y se encerró en la pieza de la que no tendría que haber salido al menos ese día.

“Vení, Ricardo, ¡no hagas ruido! Llevá al Gitano arriba, a la terraza, escondelo en el lavadero y ponele el bozal. Si es necesario encerralo con llave, ¡por favor te pido!”.

Ricardo, como siempre, le hizo caso. Se quedaron los dos abrazados sentados en cuclillas en el piso, debajo de la pileta de lavar en el lavadero, pero ya nunca más su perro pudo mirarlo a Ricardito de la misma manera. Estaba salpicado de sangre ante sus ojos y lo sabía, aunque en este caso todos fueran culpables.

Y Ricky volvió a sentir la misma impotencia y la rabia de un chico de 10 años, la estocada final de los primeros miedos conscientes, un miedo sin fronteras, estomacal, profundo, de intestino bajo hasta los retorcijones, de ganas de vomitar, capaz de presentir la sombra de las botas bajo el hilo de luz que deja la ranura de la puerta en el suelo y alarma.

“Buenas tardes, señora, soy el Sargento Cuevas. Recibimos una denuncia por un perro muerto hace un par de horas en el Parque Centenario. Aparentemente lo mató un Bull terrier y todo indica que se trata del perro blanco que anda siempre con su hijo y su marido. Su hijo es menor, así que tenemos que llevarnos detenido a su marido. Cuando me llegó la denuncia en su contra me quería matar, porque se trababa de Mario. La orden viene de arriba y esta vez no lo podemos salvar. El dueño del Gran Danés es un milico. Y a pesar de que su esposo colaboró con la fuerza para que atrapáramos a Alberto, no se olvide que él estaba implicado en el atentado con el coche bomba al Hospital Militar. Que era él quien manejaba el vehículo. Aparentemente lo hizo por amistad y porque decía que Alberto no iba a tener huevos, y que no militaba en ningún partido de izquierda, ni en Montoneros, ni es un guerrillero. Qué lo hizo porque quiso ayudar al único amigo que tuvo y que lo comprendió. El certificado que usted presentó de insania, puede ser que lo ayude nuevamente. ¡Llámelo por favor! Y haga desaparecer al perro. ¡Hágalo! “Muerto el perro se acabó la rabia”, dicen. De lo contrario, puede pasarle lo mismo que le pasó a su amigo Alberto.

Fin

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