BLANCA ROPA INMACULADA | Roberto Vola-Luhrs

Publicado el 19 enero, 2021

BLANCA ROPA INMACULADA


Por Roberto Vola-Luhrs

Tanto como su alma

Sobre mi escritorio se acumulan libros, papeles, sobres de cartas recibidas de algún recóndito lugar del mundo, un pote de Café Crème, una taza de té recién bebido y manuscritos amarillentos sobre hojas tamaño oficio. De los parlantes casi imperceptibles, todo el día se escuchó   música en la sala, composiciones de Mahler, Mozart, Chopin y Wagner. Una antigua pluma en desuso espera caricias de otros tiempos.

Desde que Ana murió mis días son largos. Vacíos. Poco a poco, siento que me vida se acaba. Hago el esfuerzo de encontrar no uno sino varios sentidos, pero se me hace difícil.

Sentado en la silla mecedora, de rejillas de Oxford, estaba impecablemente vestido de blanco inmaculado. Camisa con botones forrados y bombacha de domingo. Pañuelo, al cuello, rojo punzó – o quizá rojo sangre- y sombrero de alas anchas con ribetes dorados.

–   “Vení, acercate, ¿querés?”, me dijo.

–   “¿Pero ¿quién es usted?”, respondí sobresaltado. “¿Cómo es que entró a mi casa?”

–   “Vení, acercate, ¿querés?”, repitió

Su vestimenta no me cuadraba con la época. Tenía un rostro tenso, de cutis blanco, muy blanco. Sus manos se las veía como si fueran las de un eximio pianista y sus dedos finos, largos y dúctiles parecían capaces de cambiar y transformar su forma por la presión, mientras tamborileaban sobre el apoyabrazos.

–   “No es este el primer día que me siento aquí”. Cerrajó, “Varias han sido las noches que me senté a esperarte. Pero hay que tener paciencia”.

–   “¿Varias noches? ¿Paciencia?” No entendía nada. Nada de nada…

Era como si sus ojos tuvieran uñas para escarbar en cada elemento. Su mirada penetrante se posaba en cada cosa, cada vez con más detenimiento.

Finalmente, se volvió nuevamente hacia mí y me dijo:

–   “Tengo dudas sobre la eternidad del alma. Pocas cosas deberían ser eternas para que tengan valor. ¿Qué valor tiene lo que todos, algún día, tendrán?” Dijo, señalándome con su dedo índice y esperando mí respuesta.

–   “¿Pero, quién es usted?”, insistí.

–   “Tenía ganas, muchas ganas de hablar contigo, Juan Manuel. “Dr. Juan Manuel Unquillo”. Así está mejor”.

Yo soy ya una persona entrada en años. A decir verdad, no siento tener sabiduría, pero el haber vivido me ha dado cierta perspectiva. Estaba intrigado con la visita, con la extraña visita, pero a la vez fascinado.

–   “Cuénteme a qué se debe su visita. Cuénteme quien es usted, como llegó hasta aquí”, pregunté, parándome frente a él, casi como increpándolo.

–   “¡Son muchas las preguntas, Juan Manuel! Vayamos de a poco”.

–       “De acuerdo”. Asentí, con un movimiento de la cabeza de arriba hacia abajo.

–   “Una y otra vez me dije que, si con alguien tenía que hablar, “conversar” lo más apropiado, sería contigo”.

–   “¿Conmigo?” Pregunté. No respondió nada.

–   “Yo ando siempre por lugares poco comunes. Sombríos. Mis dominios son inmensos sin sonrisas, sin múltiples colores ni pájaros que trinen”. Dijo casi susurrando.

Había entrelazado sus dedos y se lo veía ahora distendido. Hasta su mirada había cambiado. Se habían suavizado sus ojos, como si fueran de terciopelo. También yo estaba más relajado.

–   “Una mano, que sabe lo que hace, puso cada cosa en su lugar. Me gusta”. Dijo, mirando a través del gran ventanal que da hacia la avenida Independencia. “Contigo no voy a andar con vueltas, “Doctor”. Si estoy aquí es porque estarás, pronto, frente a Él”.

–   “No es usted un buen mensajero”. Le dije.

–   “Sí lo soy. Tal vez no te doy los mensajes que quieres escuchar, pero sí soy un buen mensajero”. Lo dijo desviando su mirada.

 –   “¿Me viene a buscar?”, pregunté.

 –   “No, yo no soy el que viene a buscar, soy el que recibe. No te confundas”.

–   “¿Entonces?”, pregunté.

–   “Como te dije, he venido a charlar contigo porque pronto estarás frente a Él. Quiero que seas el mensajero. Mi mensajero. No he tenido muchas oportunidades de hacerle saber sobre mis cosas. Sobre mis tristezas, angustias y arrepentimiento”.

Mal que me pese, estaba entendiendo esta situación. Distintas a las anteriores, en esta oportunidad yo sería el protagonista.

–   “Tú sabes, Juan Manuel, que la muerte es un destino irrenunciable y es ese destino el que te da fragilidad y te humaniza. Es la muerte la que le da sentido a la vida y le pone propósitos”.

–    “¿Acaso si la muerte no existiera no tendría propósitos?”. Se lo dije en un tono subido de voz. “No creo que así sea”. Respondí. “Los propósitos son, en sí mismo, más que la muerte. Muchos propósitos superan a la muerte”.

–   “¡Es un buen razonamiento, amigo mío! Sin embargo, hay más que eso. Los propósitos que superan a la muerte te dan un tiempo de inmortalidad. Habrás ganado una batalla solamente”. 

Me sentía empujado por una fuerza inexplicable que aceptaba mansamente. Con esa mansedumbre que dan los años y con una paz interior producto del equilibrio que se suele encontrar, casi, al final del camino. La noche fue entrando sigilosa y había comenzado a caer un persistente rocío. Los vidrios comenzaban a empañarse…

–   “A ti te va a escuchar. Estoy seguro de que te escuchará. Estoy enamorado del amor y de la vida y sin embargo estoy asociado a la maldad más aborrecible. Ya no quiero seguir así”.

–   “¿Qué me escuchará decir qué?” Pregunté.

–   “Que le cuentes de mí. Que estoy cansado, muy cansado”. “Quiero que le preguntes, Juan Manuel: ¿Hasta dónde puede su bondad tener la misericordia de su perdón por haberlo ofendido?”

–   “Entiendo, perdonar es divino”, concluí.

–   Entonces, él bajó su mirada, y mirando hacía el suelo, me confesó: “Yo hubiera preferido la muerte a esta eternidad de frustración y agobio. Él se realiza, en parte, al darme la misión de tentar al pecado, como única misión. Sin embargo, yo necesito amar y ser amado”.

 Se generó un momento de reflexión mutua. Me animé, entonces y le dije:

–   “Alguna vez me he hecho la siguiente pregunta: ¿por qué, si los hombres gozan de la vida eterna, no hay lugar para el arrepentimiento y el perdón en el tiempo de la eternidad? ¿Usted, que viene de allí, lo sabe?”

Se ha quedado pensativo, tal vez, tratando de resolver el enigma.

–   “Pienso, Doctor, que el arrepentimiento y el perdón son las actitudes de mayor humildad y liberación. Te estás convirtiendo en mí última oportunidad, si tú aceptaras serlo, claro. Tendría, entonces, nuevos propósitos”.

–   “En algo nos parecemos usted y yo…”, le dije, para que sintiera que no estaba solo. Sus ojos húmedos me despertaron compasión, lástima si se quiere.

–   “Dile que me enamoré. Se trata de un amor que está en todas las cosas. Me hace tan feliz”.

–   “Y, ¿ella lo sabe?” Pregunté.

–   “No. Jamás podría saberlo si Él no me libera de mi única misión. A ti te va a escuchar. Estoy seguro de que te escuchará”.

Cuando se deambula en los laberintos de la mente uno encuentra sorpresas, pero no salidas.

Nunca supe más nada de él. Siquiera pude constatar que existió, realmente, esa noche.

La libertad está en otro lado, está en el corazón. Está en el alma, pero no en la razón.

Recuerdo su blanca ropa inmaculada, tanto como su alma.

Se lo ha visto a Lucifer, según cuentan las comadres, sólo y triste esperando noticias de ÉL. Noticias que NO sabe, ni sabrá, que jamás llegarán.

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