UN MUSEO PROVINCIAL | Gerónimo Humberto Juárez

Publicado el 17 agosto, 2020

UN MUSEO PROVINCIAL


Por Gerónimo Humberto Juárez

Evaristo Piedrabuena reflexiona. Resulta que, para un gran porcentaje de comprovincianos, visitar un museo es perder el tiempo, no sirve ni para pasear. Más aun, el museo no existe en el consciente colectivo. Enciende un cigarrillo, mira y no mira el techo del museo. Continúa cavilando Evaristo Piedrabuena: “Cuando en realidad visitar un museo es ampliar conocimiento por más pequeño que estos sean, por otro lado, nos hace bien, culturalmente hablando, pues está abierto para todo público y no para una sola clase social: la dominante. La que se arroga el tupé de ser culta y de avanzada, los incultos y atrasados no pueden ni deben visitar los museos, o sea, la negrada. A Evaristo hoy se le dio por renegar contra el sistema que discrimina, que explota y que mata.

Evaristo Piedrabuena, sereno del Museo Provincial, se afligía por la poca concurrencia popular al recinto de la expresión interior y artística. Se mortificaba por la escasa cantidad pública husmeando, al menos, en los salones de la historia universal y autóctona. También le preocupaba el incierto final del Museo y por ende su puesto laboral. Evaristo amaba su trabajo como así también al museo, su segunda casa solía decir a quienes querían escucharlo. Siempre el museo, al amanecer, lucía limpio, acogedor, ordenado, como la vida de Evaristo. Siempre al anochecer el museo se mostraba vacío, solitario, cual oscuro laberinto. Evaristo Piedrabuena, con las mismas ganas de siempre, comenzó su jornada nocturna. Evaristo, en sus horas nocturnas, esculpía. En las horas del silencio nocturno se escuchaba sordamente a la maza, al cincel y al buril dale que dale. En unas de esas noches el museo se iluminó y para sorpresa de Evaristo y había aristocráticos y burgueses visitantes. En el pulcro recinto con amplios pasillos, vacíos a esa hora de la noche, escuchaba a los visitantes intercambiar opiniones negativas, burlarse del decaído estado del edificio y de las obras y reliquias del arte que exhibía orgulloso el viejo museo. Hacían números virtuales de futuras plusvalías en función del precio de las entradas y el alquiler para exhibir las obras en lo que pasaron a denominar “Galería del Arte”. Además de contratar una agencia de vigilancia compuesta por ex torturadores y gatillos fáciles, reemplazando al sereno actual. La tercerización del neoliberalismo en su máxima expresión. Evaristo vaticinaba el alejamiento, aún más pronunciado, de la clase popular del museo. En eso se acercaron los cuellos duros, miraron con detenimiento la estampa de Evaristo, se dieron vuelta sin decir una palabra y se alejaron de él, cuchicheando entre ellos. Entonces, Evaristo tomo una decisión, dolorosa, sin retorno. Pensó en su madre, se encomendó a su propia suerte, al Manifiesto y adiós. Al amanecer el museo lucía limpio, acogedor, ordenado e iluminado. Nunca más se supo de Evaristo Piedrabuena y de aquellos cuellos duros. El museo finalmente se tercerizó. Algunas telas pictóricas, otras estatuas aparecidas de la nada tenían un algo distinto que la gente presentía, pero no confirmaba. Los “entendidos” no descubrían ese algo distinto, optando por calificarlas como “cultura menor”. A raíz de este fenómeno de la materia, el museo se hizo mundialmente famoso. Hasta el punto de ser declarado patrimonio histórico universal.

El imaginario popular comenzó a decir: “Vamos al Piedrabuena”.

Gerónimo Humberto Juárez


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