Subastas de otoño en Nueva York, U$ 1.100 millones en Christie’s

Publicado el 20 noviembre, 2018

Por Alicia de Arteaga

La primera subasta sobre la que escribí para La Nación fue la venta de Havemeyer en los ochenta. Una colección divina, en todo sentido, elegida como los dioses y con algunas perlitas como L’Attente, el pastel de Degas comprado por la pintora Mary Cassat para los millonarios norteamericanos, dueños de un imperio de azúcar. La colección cambió de manos por 37 millones de dólares. Da piel de gallina pensar hasta dónde treparon los precios y comprobar que hace siete días una pintura pintada en 1972 por David Hockney se remató en 90.3 millones de dólares. Es el artista vivo más caro de la historia y el valor es casi el mismo que el pagado en estos días por Chop Suey, cuadro icónico de Edward Hopper, algo así como el pintor prócer del arte norteamericano.

Todo tiene sentido. Hockney nació en el Reino Unido, pero hizo de California su patria y de las piscinas su tema preferido. Ese costado hedonista y gay se cotizó en alza. En cuanto a Hopper, los paisajes desangelados y las escenas urbanas metafísicas forman parte del imaginario del pueblo americano. Una idealización de la vida, cuando la american way or life era una manera de vivir y de soñar… posible.´
Las ventas de otoño de arte del siglo XX organizadas por la rematadora Christie’s en su hotel de ventas de Rockefeller Center dejaron un total de 1,1 billón de dólares, dicho a la criolla son UD$ 1.100 millones, en seis días de cosecha. La colección Havemeyer queda demasiado lejos o el arte se ha vuelto demasiado caro. Sin embargo, las galerías en Buenos Aires se quejan de la falta de ventas y las ferias globales no vivieron una primavera boyante en el año que está por terminar. Conclusión: los compradores se han vuelto selectivos. Se vende lo muy bueno y sobre todo, se paga caro cuando tiene una procedencia impecable.

En este sentido, la rematadora fundada por James Christie, en Londres, en 1744, para vender libros, corrió con ventaja porque tuvo en sus manos la mayor cantidad de obras de colección para vender. Contactos, relaciones y un accionista mayoritario que es un líder del mercado favorecieron esta situación. François Pinault es una de las mayores fortunas de Francia, tiene un museo soñado en Venecia, Punta della Dogana, es un coleccionista de peso y ha puesto sus fichas en Christie’s. ¿Qué más se puede pedir?
Ocho colecciones privadas estaban en las gateras de la rematadora esperando las ofertas. Caso concreto son el Hockney y el Hopper, que pasaron la barrera de los 90 millones y eso no es cosa de todos los días. Se batieron más de 30 récords, y, lo que es clave, se registró un llamativo cambio de paradigma en el gusto de la clientela, apuntando a nuevos nombres y consagrando otros, como es el caso del hedonista británico.

De Kooning, Calder, Jasper Johns y la última gran favorita de los coleccionistas, la exquisita (mi favorita) Joan Mitchell, se fueron para arriba. Basta como botón de muestra la colección Barney A. Ebsworth que totalizó 323 millones de dólares. Todavía tenemos en la mente la venta de los Picasso de la colección Ganz, que en su momento fue un batacazo y orilló los 200 millones de dólares. La última campana sonó por el arte contemporáneo con el total vendido de 650 millones de dólares, mientras los impresionistas llegaron a 279 millones. Hockney le ganó a Van Gogh.

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