LA MUJER DEFORME | Marisa Arana

Publicado el 9 octubre, 2020

LA MUJER DEFORME


Por Marisa Arana

Apenas podía subir las escaleras del Calvario. Era Semana Santa y miles de fieles iban a ofrecerle al Señor lo que fuera que tuvieran para ofrendarle, desde palabras hasta velas u objetos alusivos a la fecha; amén de arrepentimiento, gratitud, oración, cánticos y tantas otras manifestaciones a través de las cuales imploramos a la oreja de los cielos.

Vieja, encorvada por el peso de los años o la desgracia, con las piernas contrahechas, que apenas podían sostenerla, fui testigo de su esfuerzo sobrehumano por llegar a los pies del Cristo. Siempre me he jactado de ser un caballero, de modo que decidí ayudarla. Me lo agradeció con una mueca de dentadura postiza amarilleada por falta de cuidado. No me detuve a considerar su ruinosa traza. Más bien conmovido, antes que asqueado, la acompañé hasta que culminó su plegaria; y la ayudé a bajar con mucho cuidado hasta la calle donde se amontonan los autos y los micros en interminable procesión festiva.

Como hombre bien educado, me ofrecí a llevarla hasta su hogar, fuera éste donde fuera dentro del radio de la ciudad serrana, o incluso algún poblado adyacente. Pero no aceptó mi oferta. Me dijo que se quedaría un rato charlando con la vendedora de artesanías, y que luego ella la ayudaría a regresar a su casa.

Insistí de todos modos, al ver su cadera maltrecha y el bastón que no lograba estabilizar su andar. Pero ella sacó un papel de ticket de supermercado, anotó con dificultad un nombre y un número de teléfono y me los entregó, diciéndome que en un par de días volvería a Buenos Aires.

Me quedé parado un rato al pie de la escalinata, mientras la miraba marcharse. Al fin pude recuperarme, diciéndome que, después de todo, la cosa no era para tanto, ni tan extraordinaria. Había ayudado a una anciana a subir la escalera hasta la cruz, y ella me había retribuido con su confianza. Tampoco era para darse tantos humos ni paralizarse de asombro.

Tenía mucho que hacer. Habíamos organizado otra marcha en la capital para pedir la condena de los represores, y no podía dejar de pasar por el banco de sangre para dejar una muestra de ADN por si alguno de los restos encontrados coincidía con el de mi hija.

Guardé el ticket en un cajón de mi casa, más por la ternura de aquel recuerdo que por las ganas de volver a ver a aquella mujer, cuya figura me había impresionado sin que lograra dilucidar claramente la causa. Y me olvidé. Volví a las acciones de la bolsa, a mis cafés con mis colegas, a los cines y a los bingos, y al dolor de no saber del paradero de Cecilia.

Ayudar en la causa de los desamparados. Ésa había sido su culpa. Golpes. Gritos. Silencio. Un motor que arrancaba. Silencio. Mi figura en la puerta, aún con el pijama puesto. El llanto de mi mujer. La impotencia.

Y yo, sumergido en las finanzas de mi nuevo emprendimiento inmobiliario, trataba de ahogarme entre intereses y préstamos hipotecarios; entre cigarrillos y mujeres. Los trámites del divorcio se completarían en un mes, a más tardar. Era libre. Libre de vapulear mi dolor y mi vida como me diera la gana sin tener que escuchar reclamos dependientes de nadie.

No sé cuánto tiempo había pasado, pues ya ni esa noción me interesaba, salvo cuando algún propietario quería cerrar un contrato de compraventa. Era una de esas tardes urbanas en que los bocinazos aturden a las palomas de la plaza. Lo bueno es que ellas pueden huir de semejante desquicio

Crucé para hablar con una conocida de la ronda de los jueves, cuando la descubrí sentada, un tanto aparte, en uno de los bancos, a la mujer del Calvario. Levantó la cabeza y pareció reconocerme. Su rostro se había avejentado aún más, y sus dedos machucados por el reuma parecían más deformes; pero algo en su sonrisa me dijo que debía ir a saludarla.

Le pedí humildemente disculpas. Le confesé que había tirado el ticket en mi cajón y luego no había vuelto a mirarlo. Me respondió que no me preocupara.

– Estoy acostumbrada a que me olviden y me maltraten – me confesó – He tenido que soportar tantos abusos, tantas violaciones, tantas amenazas y atropellos que no voy a enumerar, que así he quedado. Ven conmigo.

Sin poder sustraerme a su extraño influjo, me dejé llevar como un nieto de la mano de su abuela.

Me dijo que tendríamos que ir en coche, porque el lugar que quería mostrarme estaba en las afueras de la ciudad. Accedí. Fueron casi dos horas muy alegres. Ella llevaba un paquete que desenvolvió para convidarme pastelitos de dulce y tortitas negras. Aseguró orgullosa que amasaba muy bien, enseñanza de su madre; aunque yo no lograba comprender cómo aquellas manos podían hacer algo tan sabroso, con el reuma y la artrosis que las aquejaban.

Hay varios descampados más allá del conurbano; pero uno en particular es el que le interesó a mi guía. Me hizo bajar en medio de la nada para mostrarme, a unos pasos, una escuela semiderruida. Con tiento, como si fuera a ser descubierto en un acto punible, me llegué hasta aquella tapera que me engañó desde lejos: era mucho más grande de lo que había calculado. La anciana me pidió ayuda para abrir una puerta oxidada que llevaba a un siniestro subsuelo, donde no encontramos más que calabozos, un largo pasillo de olores nauseabundos y silencios de tragedia.

Me volví con horror, pero mi compañera detuvo mi mano y me sonrió con sonrisa de llanto. Bajó uno por uno los escalones, tal como le ocurriera en el Calvario; y se introdujo en la celda más próxima, para traerme un pequeño objeto liviano.

No tenía que mirarlo. Supe de qué se trataba antes de que me lo diera. Una ráfaga de luz que nubló mi mente por un instante me hizo escuchar la risa de Cecilia cuando le regalamos los aros de los quince. La fiesta, el baile, los amigos, su belleza, la vida.

No pude quedarme. Sabía que la verdad era preferible a la incertidumbre, pero me fallaban las fuerzas para aceptarla.

– Estuvo aquí – me dijo la mujer, consoladora, una vez que hubo logrado subir las escaleras sin ayuda – Tenías que saberlo.

Preguntas. Me acosaban las preguntas, y la bombardeé con ellas. Cómo sabía, por qué sabía, desde cuándo sabía. A mis demandas, la anciana esperó que me calmara y me dio una sola respuesta:

– Yo, Vega Luján, como sabes que me llamo, también figuro entre las víctimas; y nadie sabe que he sobrevivido. Estuve con todos los que no están, en aviones y campos, en los llantos y en la mínima esperanza de un milagro. Los conocí a todos; y por eso he recibido magullones y maltratos. Cecilia era un ángel, y ahora está cumpliendo su misión donde le corresponde cumplirla.

Se encaminó hacia el auto, dejándome de rodillas entre los despojos de aquella tapera miserable. Reaccioné. Tomé los aros de mi niña y corrí tras Vega. La joroba de su espalda parecía querer partirla en dos con la carga de un mundo indiferente, La acaricié y le di las gracias.

Volvimos a la ciudad. La dejé en un barrio cerca de la autopista, un caserío humilde y pintoresco en las cercanías del ejido urbano. Prometí visitarla. Me dedicó una sonrisa.

Aturdido por la revelación, no pude dormir en varios días. No me atreví a contarle a mi mujer del hallazgo. No podía engañarme: mi esposa aún me importaba.

Tantos años de matrimonio que de un plumazo se deshicieron tras aquella noche. Culpas. Reclamos. Angustias. Lo peor de ambos. Y un acta de divorcio que a la fecha no había sido firmada.

Pasé varias veces por la casa de la anciana, pero cuando me atrevía a bajar del auto e intentaba llegar a la verja, algo me detenía y me impedía continuar. Una tarde cualquiera, observé que se asomaba a la ventana. No pude escapar. Había sido descubierto. Alzó su brazo de la mecedora y me dedicó un saludo. Volví a casa.

Al otro día recibí el llamado. Con la voz entrecortada, mi mujer me decía que las pruebas habían dado positivo. Gracias a la ciencia, Cecilia había regresado.

La recibimos con el mismo amor con que cada tarde la esperábamos a la salida de la escuela. Y lloramos. Y nos abrazamos por primera vez luego de largos meses de disputas. Se la dimos a la tierra, y después de rezar, dormimos juntos.

Dos días después, mientras esperaba a mi esposa, que estaba anulando los trámites del divorcio con el abogado, volví a ver a la anciana. Al parecer, acababa de hacer algunas compras. Me acerqué a saludarla.

– ¿Necesita ayuda? Tengo el coche. Si me puede esperar un ratito a que salga mi esposa, la llevamos.

– No es necesario. Voy a ver a una amiga acá cerca. La pobre está peor que yo, postrada en cama de tanto daño que le hicieron últimamente ¿Por qué no entraste esa tarde que te saludé? ¿Tenés miedo de una pobre vieja?

Creo que sonreí como un estúpido, sin saber qué contestarle. Vega recogió las bolsas que había dejado en el suelo para darme la mano, y agregó:

– Ahora que todo va bien con ustedes, yo estoy mejor de salud. Anoche Cecilia me dijo que era inmensamente feliz.

No me dio tiempo a interrogarla. Mi mujer me llamó y vino corriendo a mi lado.

Cuando quise darme cuenta, Vega se alejaba con un tranco ligero y ágil que no le conocía. Entonces bajé la vista y mis ojos se detuvieron en la inscripción de la bolsa de plástico. Se escuchaban voces y cánticos en la plaza. Alguien prometía castigo. Vega descansó unos minutos y luego volvió a levantar su preciosa carga, una simple bolsa de plástico de un comercio cualquiera, cuya inscripción rezaba. “Balanza de dos platillos. Made in Argentina”.

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