ALBERTINI | Humberto Monroy Valencia

Publicado el 13 octubre, 2020

ALBERTINI


Por Humberto Monroy Valencia

El problema comenzó cuando de niño, en una navidad, me regalaron un sombrero de mago, de esos que anunciaban por televisión. Al principio no me gustó ese obsequio, yo quería un robot lanzacohetes, pero luego me fui interesando por aquel regalo cuándo abrí el cuadernillo de instrucciones que traía en la caja y que decía: Ahora serás un gran mago y tu vida cambiará para siempre. Pasé semanas ensayando los trucos.  La caja con el sombrero contenía palomas de papel, cartas que se contraían y una varita mágica que sacaba pañuelos de su interior. Lo mejor en este compendio de magia era que todas las engañifas ensayadas salían a la perfección. Cuando estuve listo, presenté la primera función  a mi familia, que aplaudió la destreza con que dominaba todo el paquete de magia  y celebró no haber perdido la inversión en este juguete. Adicionalmente me llamaron vulgarmente el Gran Albertini.

Luego vinieron presentaciones a mis vecinos, después, en temporada escolar, me hice famoso en el colegio con mi sombrero. Todo el bachillerato me interesé por la magia, leí bastante sobre el tema, ensayé nuevos trucos y adquirí otros elementos. A mis dieciocho años conocí un mago profesional y me hice ayudante de función. Fue así como me convertí en un experto en el arte. Como era de esperar tuve un rechazo total de mi familia quienes maldijeron el día en que se pusieron de acuerdo para comprar aquel regalo.

Tal y como se me advirtió, la vida de mago no era fácil. Treinta años después, a nadie le interesaba la magia y yo estaba cansado de ser el mago de fiestas infantiles, soportar burlas y de rebuscar mi vida haciendo trucos callejeros.

Había tomado la decisión de acabar con mi vida y dejar ser ese triste mago de las afueras del centro comercial. Para tal fin adquirí una granada de mano, la cual pinté como una hermosa bola navideña roja y con árboles blanqueados por la nieve. Lo hice con el fin de recordar esa fecha en la que recibí aquel presente que  había cambiado mi vida para siempre como lo decía el anuncio en su caja.

Me dirigí a un parque solitario para continuar con mi propósito, pero al llegar al lugar fui interceptado por una patrulla motorizada, que se dedicó a requisar mi maletín. Por más que les advertí que era un mago profesional y que no estaba haciendo daño a nadie, no creyeron en absoluto mis argumentos.

Recuerdo los insultos de la mujer patrullera que me llamó “mago de quinta, degenerado es que es usted”. Cuando ella encontró mi bola navideña le dijo a su compañero Mire López, esto que carga el mago parece una granada pintada. Les dije que por favor no la tocaran, que era el único truco que me quedaba, que aquella bola navideña se encontraba cargada con espuma de nieve que ambientaba el espacio en uno de mis trucos. Cerré mis ojos cuando noté que la agente tiró del seguro.

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