Hasta siempre Diego Por Magdalena Faillace

Publicado el 27 noviembre, 2020

Por Magdalena Faillace

Uno de los maravillosos legados que debo en vida a mis tres hijos varones es mi pasión futbolera. Crecí en un hogar genuinamente culto, entre libros de pintura, lecturas de clásicos y contemporáneos, más museos que calesita, más música clásica que rock…y el fútbol y el tango como grandes ausentes. Pero confieso sin pudor que me he pasado el día lagrimeando frente a las imágenes y las portadas que los periódicos más importantes del mundo han dedicado al shock de la inesperada muerte del 10.
Levy Strauss, el genial antropólogo que ha desarrollado como pocos el lugar del mito en nuestras sociedades contemporáneas, plantea que los mitos se generan en el inconsciente colectivo de los pueblos como realidades estructurantes de su identidad.

¿Quién puede negar que Evita, el Che Guevara, Borges y Maradona son mitos recurrentes , constitutivos del ser argentino, por los que se nos conoce e identifica en distintas latitudes del planeta, con diversidad de etnias y culturas? No importa que unos u otros, entre millones de argentinos, los quieran o no, los rechacen o idolatren. Ellos pertenecen ya – porque se lo han ganado- al Olimpo de los mitos, y como tales los hacemos depositarios de nuestra diversidad, nuestros sueños y frustraciones personales, nuestras pasiones como pueblo. No son santos ni demonios ni nos detenemos en su intimidad. Son mitos, figuras icónicas en las que nos proyectamos como nación.

Subrayo, además, que no todo el mundo de la cultura coincide con mis conceptos. Cierto sector de intelectuales defenestran al fútbol, por las “bajas” pasiones que, en su opinión, desata. Frente a este grupo minoritario, grandes escritores argentinos han escrito sobre el fútbol, porque es pasión de multitudes y ha contribuido a nuestra identidad como colectivo social. Desde Martínez Estrada a Jauretche y Scalabrini Ortiz, hasta los más contemporáneos Cortázar, Fontanarrosa, Sacheri, Sasturain y los uruguayos Benedetti y Galeano, han escrito páginas memorables sobre el fútbol.

Por otra parte, en todos los países el deporte es inescindible de la cultura de una sociedad; es liberador para las emociones y sentimientos populares, supone códigos rigurosos, genera pertenencia y, por ende, cohesión social.

Hoy nos cuesta aceptar, frente a la explosión de vida y de simpatía de las imágenes de Maradona en las pantallas, frente al dolor de la gente que concurría a los estadios a llorar su partida, y los que en el anochecer están llenando la Bombonera – “Eternas gracias. Eterno Diego”- y la Plaza de Mayo, el corazón fundacional y latiente de nuestro país, donde la multitud lo aplaudió en el balcón de la Rosada, y ahora hace cola para velarlo mañana… Aceptar que se fue.

Nos resistimos a la muerte de Maradona. Ese pibe nacido del barro que conoció muy joven las mieles de la fama y se abrazó con los grandes líderes del mundo, como Fidel Castro y el Papa Francisco. Ese hombre, con sus grandezas y debilidades, reivindicó siempre su humilde cuna de Villa Fiorito y, con su pasión, apeló a las pasiones de todos los argentinos de a pie…. ¡Y nos hizo infinitamente felices!

Hoy en un momento sentí que, así como Borges concebía el Paraíso como una inmensa biblioteca, Diego debe haberlo pensado como un gran estadio poblado de argentinos vitoreándolo por aquel mitológico gol de la “Mano de Dios”, en la final del Mundial del ´86, que nos regaló el triunfo frente a los ingleses. ¡¡Toda una revancha por Malvinas!!
Cuando veo la imagen del estadio San Paolo de Nápoles, que en adelante ha sido rebautizado con tu nombre, iluminado a giorno en la noche europea, y la fachada del CCK brillando con tu imagen agigantada en el marco de la Bandera celeste y blanca, querido Diego, pienso que también allí, en el Primer Mundo, supiste poner en pie al Sur frente al Norte.
¿Por qué nos rebelamos frente a tu partida, Diego? Porque hace rato, desde aquel gol inolvidable, eras eterno. Vivo, eras un mito. Y los mitos están siempre presentes en la vida cotidiana de los pueblos. No te fuiste. Estás en el Panteón de nuestros héroes, a veces imperfectos, otras idealizados, pero siempre puestos allí por el amor de la gente, hechos carne en las mayorías. Te imagino en algún Comando Celestial, abrazándote con Fidel y luciendo la camiseta del Che….


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