EL RELOJ | Maria Alicia Farsetti

Publicado el 17 julio, 2020

EL RELOJ


Por Maria Alicia Farsetti

Yo nunca había sentido un especial interés por los relojes.
Sé que hay gente fanática, que cambia continuamente de ejemplar, y los exhibe con orgullo según tamaño, color o adorno, como si se tratara de una joya. Es más, hay quienes los coleccionan según fechas de fabricación, marcas, modelos, orígenes y otros atributos que desconozco. No es mi caso. Poseo un espíritu independiente. Llevar encima una máquina que me recuerde el paso del tiempo, no cuadra con mi modalidad. Pero un reloj despertador en la mesa de luz, más allá de cualquier consideración, resulta indispensable. De modo que cuando el anterior dejó de funcionar, no tuve más remedio que adquirir otro. Dediqué un buen rato en recorrer las relojerías a lo largo de la calle Libertad, hasta recalar en una vidriera que exponía un sinfín de ellos. Como no tenía ninguna pretensión inherente a marca ni modelo, iba en busca de un ejemplar de precio módico, que cumpliera con la función: un dial de fondo claro con grandes números, y una alarma fácilmente audible. La multitud de objetos, oficiosos en tamaños y formatos, comenzó a marearme. Miraba uno y otro sin optar por ninguno. Pasé un largo rato sin encontrar nada que mereciera mi atención. Hasta que de pronto en una especie de aura, me detuve en uno rojo, pequeño, que mostraba tímidamente una sola parte de la caja y por consiguiente del dial. Lo imaginé redondo, porque el fondo blanco con la exhibición de un solo número aparecía recortado, como si fuese un paréntesis. Sin saber el porqué de mi rara elección, mi vista quedó allí, como estaqueada. Algo me decía que ese debía ser. No otro. Quizá el número cuatro que ostentaba— jugado más de una vez en la ruleta con éxito— fuese la clave, algo así como un ojo, de mirada fulgurante, que parecía decir: “llevame”. Sin pérdida de tiempo, ingresé al negocio para solicitarle al vendedor que me lo mostrase. El hombre, desconcertado, haciendo caso omiso de mi preferencia, se dedicó a ofrecerme un sinnúmero de ejemplares que se encontraban a su alcance. A cada uno le adjudicaba una larga perorata y un nuevo atributo.

Entendiendo que se esmeraba en desprestigiar mi elección, insistí en el hecho de que me acercase el reloj de mi preferencia. Contestó que toda la mercadería que estaba exponiendo era la de mejor calidad, con un dial de mayor tamaño, números más grandes, y precios accesibles. Que él trataba de ofrecer lo mejor a sus clientes, y que no comprendía mi obcecación. Enfatizó que en función de esas razones, me estaba ofreciendo los más recomendables.

Ante la resistencia que ostentaba este buen señor a acceder a mi pedido, abandoné el lugar con la idea de encontrar en otro local algo que me interesase. Pero no bien pisé la vereda, el rojo fulgurante del reloj que me había sido negado comenzó a atizar mi mente. El color me perseguía sin pausa. Regresaba una y otra vez, como un faro.
Volví sobre mis pasos y, decidida, reingresé al negocio. El vendedor, señalando sus anteriores propuestas, muy atento, me preguntó cuál de ellas prefería. Cuando le di a conocer la inapelable decisión de llevar el reloj elegido por mí con anterioridad, estalló en furia. Adujo que mi pretensión lo obligaba a desarmar la vidriera sin ninguna razón. Respondí que ese era un problema de su total competencia. Que el sólo hecho de haber expuesto ese artículo en la vidriera lo transformaba en un objeto vendible, y que por lo tanto su obligación era acceder al pedido del cliente. El hombre, con bruscos modales, sacado de las casillas, se dispuso a retirar del mostrador, uno a uno, los objetos de su ineficaz mostración. Luego abrió el cristal de la vidriera que daba al negocio, y de mala gana, sumergiendo medio cuerpo en ella, extrajo con mal talante el famoso reloj. Con un golpe a secas lo colocó sobre el mostrador, y colocando ambos brazos en la cintura, erguido, me observó desafiante. Entendí leer en su mirada: ¿por este cachivache tanta historia? Y no le faltaba razón. El reloj, puesto ahí, de cuerpo presente, lucia insignificante, y encerrado en una caja que parecía frágil. No sólo eso, superaba con creces el precio de los anteriores. Pero, ¿qué le iba a hacer si se trataba de una obsesión? Pagué por él una suma bastante abultada, y apoyándolo contra el pecho como si llevara una reliquia, llegué a mi casa. Al ubicarlo sobre la mesa de luz, noté que ocupaba muy poco espacio, y que en función del tamaño de los números debía aguzar la vista mucho más de lo que había exigido el anterior. No convencida de que mi fanatismo por ese reloj se debía al tema de la ruleta, traté de develar la incógnita controlando su ritmo durante todo un día y el sonido de la alarma a diferentes horas. No encontré nada digno de mención.

Esa noche, sabiendo que contaba con la ayuda del despertador, más tranquila, me sumergí en un profundo sueño. Como de costumbre, sonó la alarma a las ocho en punto. Tanto ese día como los subsiguientes el reloj continuó funcionando sin problemas.
Seis meses pasaron de aquella compra hasta la época en que decidí salir de vacaciones. Hacía tiempo que deseaba ir a Londres. Adquirí un paquete turístico que cumplía con mi deseo y a muy buen precio. El día anterior a mi partida, al registrar los papeles del viaje, observé que debía hacerme presente en el aeropuerto de Ezeiza en horas muy tempranas de la mañana. El avión partía a las ocho, de modo que mi arribo al lugar debía hacerse con dos horas de anticipación.

Esa noche, antes de acostarme, luego de cerrar las maletas, coloqué la aguja de la alarma del despertador a las cuatro. Al darme cuenta de que coincidía con el número que había llamado mi atención al adquirirlo, una fugaz ráfaga roja volvió a cruzar ante mis ojos. Recordé con una sonrisa lo ridículo de la discusión mantenida con el vendedor.
Pensando en el traqueteo del largo periplo que me esperaba y en la pesadilla de lidiar con las valijas, me sumergí en un sueño reparador.
Como me suele suceder en víspera de un viaje, desperté espontáneamente. Me extraño que a esa hora de la madrugada, las celosías filtraran la luz del día. Fijé la vista en el reloj. Leí con espanto que marcaba las siete. Al comprobar que funcionaba y que la aguja de la alarma señalaba las cuatro, lo sacudí con furia. Con la intención de comprobar si mis nervios me estaban jugando una mala pasada, corrí en busca del celular para corroborar la hora. Inútil creer que marcaría otra.

Ante la posibilidad de que sumida en un profundo sueño, no hubiese oído el sonido del despertador, moví las agujas hasta hacer coincidir la hora con la de la alarma, pero el silencio fue total. Repetí la acción varias veces con igual resultado. Desolada, pensé que el avión ya había montado vuelo. El soñado viaje estaba perdido y la empresa no devolvería un solo centavo. Tomé el despertador entre mis manos y en un acto de furia lo estrellé contra el piso. Ahí lo dejé. Ante lo irreparable, traté de tranquilizarme.
Algo más compuesta, recurrí a los papeles de la agencia de viajes para ubicar el número de teléfono. Quizá al aducir una enfermedad lograra justificar mi ausencia y rescatar algo de lo abonado.

Cuando la operadora escuchó en mi tenue voz el reclamo, emitió sobresaltada, casi en un grito.

—Señora, ¿usted no viajó? ¿No se enteró del accidente?
—De qué accidente me habla— contesté elevando el tono de voz.
—Hubo un accidente terrible, señora. El avión se desplomó a poco de levantar vuelo. Según dicen, no queda un solo pasajero con vida.
Enmudecí. El tubo se deslizó de mis manos y quedó balanceándose a través del cable en el vacío.

Incrédula, me dirigí con la velocidad de una saeta hacia el televisor para escuchar alguna referencia del siniestro. El tema ocupaba todos los canales. En cada uno se repetía la patética imagen de un avión envuelto en una bola de fuego. Sentada en la cama, sin poder reaccionar, quedé como atontada.

Clavé la vista en el reloj que yacía algo despedazado en un rincón del dormitorio. Como si se tratara de un ser viviente mal herido, con sumo cuidado lo tomé entre mis manos. Me pareció que aún funcionaba. Con el mismo cariño de aquella vez lo mantuve un rato apoyado en el pecho. Acomodé con cuidado los pedazos rotos de la caja y volví a colocarlo sobre la mesa de luz.

Al mes del siniestro, la empresa de viaje se comunicó para decirme que estaba dispuesta a devolver la totalidad del dinero abonado.
Nunca lo retiré.

María Alicia Farsetti


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