EL MAL DE MUCHOS | Mario Jaimes

Publicado el 2 agosto, 2020

EL MAL DE MUCHOS


Por Mario Jaimes

Cada paso era una vuelta de tuerca más en el potro de tortura.

Había estado sentado en la vereda, recostado contra la pared, cuando un transeúnte, inesperadamente, dejara sobre sus piernas el par de zapatos envuelto en papel de diario. Al desenvolver el paquete y descubrir su contenido había sentido un regocijo inédito, una extática satisfacción, como no recordara haber sentido alguna vez, a pesar de haberlo vivido, quizás, en el pasado, en un tiempo en que él había tenido trabajo, había tenido una esposa y había tenido, también, un hijo. Pero ya no tenía recuerdos, ni de alegrías ni de penas, ni de hogar o de esperanzas y sólo conservaba del pasado –de manera vaga, como el dolor difuso de una herida mal curada-  una oscura sensación de pérdida primero, de desamparo después y de abandono más tarde.  La pendiente del tobogán había sido muy aguda y el alcohol que había acompañado  su caída aún seguía con él, como una hiena, mordisqueando sus despojos.

Acurrucado en un portal, con un improbable sombrero que alguna vez fuera gris a su lado, copa abajo, en la semiinconsciencia del alcohol y la renuncia, recibía a veces algún billete o  monedas de quienes se condolían a su vista, dádivas arrojadas tal vez como un conjuro invocado para evitar similar destino… Mas nadie sentía culpa. La cadena de voluntades, acciones, desganos, ambiciones, egoísmos o nada más ignorancias, que habían conspirado para llevar a un hombre- a ese hombre- a convertirse en una llaga incurable, era infinita.

Esa cadena –natural e inevitable- se había eslabonado a través de los siglos, con infinitas ramificaciones, vasos comunicantes, que ligaban a todos, cadena forjada con la ignorancia primordial del hombre y las sucesivas supercherías que, a lo largo de la historia, continúan engordando a unos – los menos-  y obligando a los más a la esclavitud más infame.  Pero así es el animal humano.

Sobre sus pies torturados, él seguía su marcha entrecortada. Si fuera dado a los sueños, soñaría con otro calzado, amplio, cómodo, suave; si se le hubiera ocurrido pensar en Dios, estaría rogándole por zapatillas blandas, mullidas, a su medida;  si le hubiera quedado un resto de dignidad –la mayor de sus carencias- habría matado por un calzado adecuado…

A poco de estrenados había pretendido paliar la compresión del cuero –porque eran zapatos, zapatos- mediante la amputación de la punta de la capellada. Los sucios dedos como mascarón de proa no resultaron símbolos de solución;  talonera y laterales se mantenían incólumes.

Llegó, por fin, a su refugio, logrado con ciega fiereza y conservado del mismo modo. Era el portal de un edificio, decrépito y abandonado, que fuera otrora –cuando Buenos Aires era Buenos Aires- hogar de un cabaret de lujo, y que conservaba aún los jirones de una venerable marquesina. Casi podría decirse que tenía un techo.

La noche era fresca. Se arrebujó con un par de raídas frazadas y se aprestó a dormir. No se había descalzado porque sabía que no podría calzarse de nuevo y, además, la opresión era tolerable en reposo. A pocos metros, cruzando la calle, había un bar del que de tanto en tanto salía algún parroquiano. La calle estaba tranquila.

En segundos, apenas segundos, ocurrió. El milagro. Y el pago de su  precio, que nadie querría imaginar.

Él había cerrado los ojos para recibir al sueño… Al principio era el rumor lejano de un auto y, de repente, fue el rugido del motor, la aguda y desapacible frenada, el grave sonido de un cuerpo avasallado y, nuevamente, el rumor de un auto que desaparece tras una esquina.

No había nadie en la calle, solo él, que se había incorporado lenta y trabajosamente. Cojeando y con las frazadas colgando sobre su espalda se acercó al cuerpo inmóvil en el pavimento. Lo observó un instante, miró luego a su alrededor y se convenció de que ese hombre había muerto. Con paso inseguro pero decidido se acercó a un par de metros del difunto e inclinándose recogió uno de los zapatos. El otro, el izquierdo, dejaba asomar apenas el pie del accidentado.  Hubo un asomo de respeto en la suavidad con que descalzó el pie que comenzaba a enfriarse.

La débil luz de la calle no permitió observar si había alzado su rostro hacia el cielo cuando comprobó que la talla del calzado era la adecuada.

Mario Jaimes

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