Causa eterna del hombre | Roberto Vola-Luhrs

Publicado el 16 julio, 2020

Causa eterna del hombre


Por Roberto Vola-Luhrs

Mujer

Estaba nervioso. Sí, muy nervioso. Acomodé sobre la cama mi traje azul oscuro. Elegí una camisa blanca para usar con gemelos. Repasé los zapatos negros con una franela limpia y busqué una corbata con vivos colores. Casi tropecé al entrar en la ducha. Tomé un baño caliente y traté de relajarme.

Mis hijos estaban en el living jugando con la Play Station, la última versión que les había traído de Londres, hacía dos días. Cada viaje tenía un pedido de cada uno y cada viaje cumplía con todos. Dicen que es el sentimiento de culpa por las largas ausencias. Y yo creo que es así, efectivamente. Les di un beso y me dirigí a darle un abrazo a mi mujer, que preparaba algo rápido para la cena.

Ya estaba en el auto, acomodé el cinturón de seguridad que estaba arrugando mi impecable pañuelo de bolsillo. Encendí la radio, puse música. Apagué la radio. Encendí la radio. Puse la calefacción. Ya estaba solo. Estaba yendo a buscar a ella…

¿Cómo haría para iniciar la charla? ¿Cuáles serían los temas en común? Me sentía como un principiante para las citas. Ya no era un principiante, ni mucho menos. En el trayecto hasta su casa improvisé una y otra vez el modo de iniciar una conversación que resultara atractiva, que me mostrara tal cual soy. También tenía que encontrar una excusa por el tiempo que no le dediqué.

Estaba seguro que estaría tranquila. Pero al hacerme pasar al recibidor, también noté que estaba ansiosa. Era una ansiedad por la espera. El tránsito me había retrasado un poco. Me regañó. Vestía magníficamente. Era una mujer que impactaba por su personalidad y buen gusto. Me besó en la mejilla, le puse el abrigo. Ella lograba lo que nadie, me tranquilizó y entonces también sentí que ella se relajó.

Había elegido un restaurante que a ella le encantaba. No era de los caros, pero era muy acogedor. En mi reserva pedí la mesa junto a ventana, porque para esta ocasión era la más apropiada. Nos miramos un momento sin decir palabra. Cruzamos una y otra vez miradas con sigilo y complicidad. Intenté presentar la excusa por mis ausencias, pero no hizo falta. Ella tomo mi mano diciendo que entendía todo, preguntó: “¿Cómo has estado?”…

La conversación tuvo un ritmo que hizo que el tiempo volara. Tomamos vino y brindamos con Champagne, Extra Brut. Me hizo conocer un formidable vino tardío, que acompañamos con trufas de chocolate amargo que ella eligió para mí y naranjines que yo elegí para ella porque sabía que le encantaban. Fuimos los últimos en abandonar el salón.

Me tomó del brazo hasta el auto. Acomodó mi pelo despeinado por el viento de la noche, pero sentí que fue una disimulada caricia en mi nuca. Seguimos la conversación porque teníamos tanto, tanto para contarnos que la noche resultó corta.

Entré a su casa y la acompañé hasta su dormitorio. Cerré las cortinas de las ventanas, para que la luz de la mañana no la despertara temprano.

Entonces ella se acercó y me dio un abrazo de despedida y me confesó al oído: “fue la invitación más linda que tuve, el mejor regalo que me has hecho en un día de la madre”. 

Roberto Vola-Luhrs


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