Altri canti d´amor, de Monteverdi. Una perla para la apertura de la temporada lirica del Colón.

Publicado el 20 julio, 2021

Por Magdalena Failace

Luego del magnífico ciclo de dos semanas, dedicado al homenaje a Piazzolla en el centenario de su nacimiento, esta segunda reapertura del Colón en julio ha sorprendido por lo original y por la rica diversidad de su propuesta. Dentro de la misma, en la que brilló “La canción de la tierra”, con los mejores matices del Romanticismo tardío de Mahler, la elección de “Altri canti d´amor”, de Monteverdi, para lanzar la temporada lírica, quedará en la memoria y en la retina de todos los que la disfrutamos.

La obra, que no es una ópera, nos remonta a los comienzos del género, que tiene en el Teatro Colón una historia gloriosa. Se trata de un ensamble de tres piezas pensadas “con un criterio dramático, de música en escena”-expresa el director de la puesta, Maritano-. En este caso, fueron elegidas del Libro VIII de los Madrigales, de 1638, y en ellas Monteverdi anuncia su estilo, en el que la música no debía limitarse a la suave, moderada, filigrana del Barroco, sino asumir, según las escenas, el “concitato”, un “tono guerrero o belicoso”, que celebra el director musical Marcelo Birman.

La gravitación que alcanza la obra de Monteverdi se debe también a la dimensión de los “libretistas” que eligió para estas piezas: nada menos que Francesco Petrarca, Torcuato Tasso y Octavio Rinucini. “Son textos que demandan sobre la música un estilo representativo”, en la opinión de Birman. “El baile de las ingratas”, “El combate de Tancredo y Clorinda” y “El lamento de la Ninfa”, tres historias diferentes, se enlazan y potencian en una unidad difícil pero sabiamente lograda.

La escenografía en permanente movimiento, con ventanas que se abren y cierran, con los cantantes en distintos niveles, juega permanentemente con el claroscuro, típico del Barroco: junto con el vestuario deslumbrante, por el que Renata Schussheim merecería un premio, destaca siempre el contraste de los negros con el rojo, apenas cortados por la blancura de las gorgueras. Reminiscencias de Velázquez, Zurbarán o Rembrandt….

El amor es el  hilo conductor de las tres historias, expresado a través de un muestrario de pasiones, desde la nostalgia a la ira, los celos, la templanza y la humildad. Pasamos de la posesión del amor en “El baile de las ingratas”, a la levedad en “El lamento de la Ninfa”, y de allí al “Combatimentto”, donde la música de Monteverdi  alcanza su tensión máxima, cuando el amor, cruzado por la guerra, culmina en la muerte.

El escenario pastoril, colorido y sin contrastes, con un vestuario de 1920, esa Arcadia de los enamorados que evoca los luminosos frescos de Botticelli, contrasta al hacer lugar al episodio trágico de los amantes enfrentados por la guerra, cuando la identidad de Clorinda se revela recién con su muerte, en brazos y por la espada de Tancredo. También aquí el contrapunto, esencial a la estética barroca, entre el juego pastoril de los amores en la Arcadia y la oscuridad del escenario, rasgada por la violencia de las espadas en el final de la obra.

¡Merecido el clamor de un público hechizado ante la magia del espectáculo!

No se puede dejar de aludir al ensamble orquestal conformado por 26 músicos, donde brilló Monteverdi en un rico fluir logrado por claves, órgano, arpa, violas da gamba, violoncello barroco y laúd, cada uno con el virtuosismo de los solistas, pero integrados en una armonía absoluta.

Pensemos que esta obra fue creada y estrenada, como otras, durante las grandes plagas que asolaron Europa a principios del siglo XVII…Y que nosotros estamos atravesando una pandemia universal. La música, la ópera, el arte en definitiva, tienen ese poder salvífico de sacarnos por un tiempo de la muerte y el duelo, gracias al refugio de la Belleza.


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