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Adiós a Pujia, escultor de raza

Escrito por el 28 mayo, 2018

Por Alicia de Arteaga

 

 

Murió Antonio Pujia, a los 88 años. Maestro de maestros, formado con el gran Fioravanti fue un escultor de raza en el más cabal sentido de la palabra. Lo velaron en Floresta, que era su “paese” como diría Pavese, rodeado de familiares, amigos y discípulos, consternados ante la certeza de la pérdida de un artista dotado, que a los 14 años descubrió que sería escultor.

El sábado se supo de su muerte por un mensaje en las redes enviado por su hijo Sandro Pujia, algo inédito y sorpresivo, que de aquí en más puede convertirse en una costumbre. Un signo de los tiempos.

Sencillo y amable, Pujia nunca creyó en la fama ni en los halagos del éxito pasatista. Había nacido en Piolia, Italia, en 1929, y llegó al país a los siete años. Como muchos de sus compatriotas , “descendidos de los barcos” en el decir borgeano, tenía un dominio pleno del modelaje, ese adn ligado al oficio, vivido como algo natural.

Graduado de profesor de Dibujo en la Escuela Prilidiano Pueyrredón y de profesor de Escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto De la Cárcova, tuvo el privilegio de compartir taller y experiencia con figuras insoslayables de la escultura argentina como fueron Alberto “el Turco” Lagos, Troiano Troiani, Bigatti y Rogelio Yrurtia, autor de esa obra monumental que es el “Canto al trabajo”, emplazada frente a la Facultad de Ingeniería. Con Yrurtia trabajó como asistente; antes de retirarse al ámbito familiar le rindió un recordado homenaje.

Expuso por primera vez en la mítica galería Witcomb de la calle Florida, y siendo joven aún gano el Premio Palanza del FNA, el Gran Premio de Honor del Salón Nacional y el Gran Premio del Salón Manuel Belgrano. En un alarde de originalidad, su obra se materializó a partir de una técnica personalísima llamada encáustica que usa como materia prima la cera de abeja.

Entre 1956 y 1970 dirigió el taller de escultura escenográfica del teatro Colón, donde dejó como una marca la huella de su talento. Además de esculturas de algunas de las primeras figuras de la danza, como Olga Ferri. Tal vez la señal más fuerte de su identidad estética fue la pasión por las cosas nuestras, patentada en sus series sobre el tango y el Martín Fierro.

Era Pujia un gran humanista, lo demostró con su medalla en homenaje al regreso de la Democracia, pero también en su especial interés por plasmar la figura y las relaciones humanas en obras de exquisita factura. En 2016 se propuso revitalizar un centro de arte que fue clave para la escultura en nuestro país como la escuela Ernesto de la Cárcova. Participó en recordadas muestra colectivas , entre ellas la organizada por María Teresa Costantin en Osde, y en exposiciones individuales de gran aliento como las montadas en el Museo Sívori y en la galería Principium.

La docencia resultó en su caso un territorio de lucimiento personal, prueba de ello ha sido, y es, el agradecimiento de quienes fueron sus alumnos.

Sus restos fueron despedidos ayer en el cementerio Jardín de Paz. Sus cenizas serán esparcidas en el jardín del taller junto a la higuera de muchos frutos.


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