UN MATECITO, POR FAVOR | Marisa Arana

Escrito por el 26 octubre, 2020

UN MATECITO, POR FAVOR


Por Marisa Arana

Froilán Paredes, que venía a comprar los mejores mates para su familia y amigos, se quedó de una pieza cuando el artesano Miguel le confesó de quién descendía. Él se había ido muy joven a la ciudad y había perdido contacto con los habitantes de esa región. A Sierra Trunca la conocía de niño.

-Así que resultaste ser el nieto del Ñato Rafael. Mirá vos. Cuánto hace que no ando por acá. ¡Quién lo hubiera creído! Fijate que el de la estación de servicio me recomendó que me viniera por estos rumbos si quería comprar un mate de calidá. Y mirá lo que me encontré.

-Mi viejito siempre me habló mucho de usté.  Le gustaba visitarlo y charlar, a pesar de que usté vivía a unos cuantos kilómetro. Pero se las ingeniaban para verse.

– Pobre tu papá.

– Sí. Enfermedá bruta…  Ya sabe que mi agüelo nos dejó la tierra que le dio Don Silvio, el dueño de la estancia. Un premio más que justo por su sacrificio; y en compensación de lo que le hizo ese mandinga del Muño Cepeda.

Don Froilán Paredes se acomodó como para instalarse por un buen rato. Quería saber más.

-¿Tenés tiempo, pibe? Me gustaría escuchar la historia completa. Yo tengo los años de tu viejo, claro; pero con mi mamá vivimos poco tiempo por estos lugares. Y eso hace ya una punta de años. Tu tata algo me comentó, pero nunca terminó de darme detalles… ¿No te molesta…?

– Por favor, Don Froilán. Los amigos de mi papá son mis amigos. Esta en su casa… ¿Mate, o prefiere una ginebrita?

– No, no. Un matecito, por favor… No tendrá poderes, ¿no?- rió el recién llegado.

– Quedesé tranquilo. Aquella cosa quedó enterrada quién sabe dónde. El Ñato se ocupó de que desapareciera. No supimos más.

– Ah, bué, así sí, me quedo más tranquilo.

– Caliento el agua y largo el rollo, Acá tiene tortas fritas. Coma, coma…

“Acá en los pagos de Sierra Trunca, más o menos por los años veinte, según me contó mi tata, cuando en las Uropas estaba la guerra, estas tierras eran salvajes. Los pioneros recibían bien a cualquiera que quisiera trabajarlas y los estancieros ricachones como Don Silvio Benítez conchababan piones y les daban casa y comida, haciéndolos sus aliados fieles. El agüelo; quiero decir, el Ñato; se había ganao en guena ley el favor del patrón… ¿Lo oyó nombra alguna vez a Don Silvior? El Tapón lo llamaban, porque era más chiquito que corcho de botella. Bué,.. No Importa. No escuchó de él… La cuestión es que el Ñato, que en paz descanse; era mirado con guenos ojos por el trompa; tanto que hasta había consentido que le festejara la hija, previo compromiso de matrimonio, como debe ser.

El Muño Cepeda, otro pión mal llevao que trabajaba en la estancia y había sido conchabao un poco después que el Ñato, también le andaba atrás a la hija de Silvio; la Fermina. No le gustaba nada ese fandango de que el Ñato le arrastrara el ala. Por si fuera poco, la gurisa sólo tenía ojos para el Rafaelito -como ella lo llamaba-; y eran tan felices que Muño reventaba de la bronca.

Menos mal que los dos eran compañeros, a juzgar por lo que pasó. Sin embargo, decían las lenguas de serpiente que el Ñato, mi agüelo tatita, lo había estafao al Muño con la venta de un trabuco, que no servía para nada. Y que desde entonce el Muño se la tenía jurada. Pero a mí eso no me consta.

Un día se vino desde los altos de Ñanduces, con su carro de mercaderías, el patizambo Olleros, mestizo fullero. Lo conocían en varios pueblos a la redonda por ser un curandero de renombre. Decían que sabía hacer hechizos que había aprendido de su madre -una india experta en pócimas curativas, y algo más-. Muño lo mandó llamar cuando supo que había llegao y lo recibió en su casa. Este sujeto se ganaba la vida vendiendo mates de calabaza en los mercaos donde pudiera encontrar un puesto, unos mates que él mismo hacía. Y no le iba mal. Naide asociaba sus poderes con los posibles efectos en su mercadería.

Parece que fue ahí, en ese encuentro, cuando el Muño le compró el mate mágico. Olleros le explicó que, con cualquier yerba, y de una sola chupada, la víctima caía muerta. Y si inmediatamente el asesino tomaba un segundo mate, agregándole una hojita mágica, se transformaba en la persona que había matado.

Al Muño le encantó la idea. Estaba fuera de sí. Olleros trató de alvertirle de una pequeña condición para que el hechizo funcionara bien: era muy importante enterrar el cuerpo de la víctima junto con un rosario consagrado. Si no, adiós resultado.

Pero el envidioso no escuchó nada, tan loco estaba del entusiasmo. Le pagó tres veces lo que valía el mate, se guardó la hojita que tenía que agregarle a la yerba, y preparó el plan.

El pobre Ñato no sabía que su vecino le tenía tanta inquina. En general, se trataban bien, claro, con fingimiento del Muño. Además le molestaba que el hijo de un mulato, como era mi aguelo fuera el preferido del patrón y el festejante de la heredera.

Así las cosas, cumpañero; un sábado, después de una yerra, los dos se vieron en lo del Tapón Benítez. Y Muño lo invitó a su casa.

-Vengasé, compadre. Es hora que me visite otra vez. Hace mucho que no viene. Las tortas fritas están a su disposición.

– Cómo no. El domingo es pa usté.

-¿Porqué el sábado no? Ah, eso sí. Véngasé sin la Fermina. Cosas de hombres… ¿Me entiende?

El Ñato Rafael se rió.

-Por eso. ¿Sabe? El sábado quedé con la Fermina de venir a hacerle unos arrumacos y dar un paseo. El domingo podemos dedicarlo a cosas de hombres.

-Ta bien . Lo espero. No me faye.

Llegó el domingo a mediodía y el Muño había preparao todo. Olleros le había explicado cómo marcar con el facón el mate mágico con su inicial para que cuándo él también tomara no le pasara nada; y sí al tipo que querían dijuntiar.

Pobre aguelo tata. Primero Muño lo hizo entrar en confianza. Lo conversó, le dijo que tenía un hijo en la ciudá que estaba trabajando, y que su mujer lo había dejao por otro hacía tiempo. Era muy reservao, así que el otro lo tomó como sincero. Puras patrañas que el ingenuo se creyó.

Por fin fueron a la cocina, así como nosotros; y el Muño calentó la pava. Quién hubiera dicho que ese mate que no decía ni fu ni fa podía causar semejante tragedia. Pobre agüelo. Al primer sorbo cayó redondo.

En seguida, el Muño se apuró. Puso la hierbita, y tomó el otro mate. Cosa de mandinga. Se volvió el Ñato en persona. Un calco. Pero cometió ese error…. Que Olleros le alvirtió.

Cargó al tata en el carro y lo abandonó en la corriente de un riacho. Supuso que el agua daría cuenta del cuerpo antes de que pudieran encontrarlo.

Volvió para las casas, y se fue a ver al Silvio. El cuento que se inventó para salir lo más pronto de Sierra Trunca funcionó. Le dijo al patrón que estaba costernado, que tenía que irse, porque allá en los llanos del oeste, su mama había caído muy enferma; y tenía miedo de no yegar antes de que pasara una calamidá. El Ñato de mentira se agarró, para su engaño, de la verdadera enfermedá de mi bisagüela, que todo el mundo conocía.

Por supuesto, al pedido del impostor, Olleros ya tenía armado todo el escenario. Igual le llevó unos días, y durante ese tiempo estuvo escondido en la casa del Muño. La cosa era así: el falso Ñato se llevaría con él a Fermina en el viaje, porque supuestamente la moribunda la quería ver. En la mitad del camino serían perseguidos por supuestos bandidos que se subirían al coche y los desviarían de su rumbo. Luego los abandonarían en algún lugar desconocido -previamente arreglado-. Así, después de unos días, llegarían a un poblado, donde la comunidad los socorrería. Se instalarían allí porque no habría forma de volver. Fermina perdería con el correr de las semanas las esperanzas de regresar con su padre, pues naide sabía el camino. Muño la engañaría diciéndole que enviaría unos hombres pagados para que buscaran a Silvio y le dijeran la suerte de la pareja.

Todo eso sucedió tal como se lo cuento. Mientras todo esto se hacía, el río depositaba entre unos pastos de la orilla un cuerpo al parecer sin vida. Una mujer que acertó a pasar por ahí lo encontró, gracias a Dios. Era experta en sanaciones milagrosas, tenía su casa en los alrededores y le decían La Selena.

Ella se dio cuenta de que el Ñato respiraba todavía y, a duras penas, un poco cargándolo y un poco a la rastra, lo llevó a su rancho. Preparó unos mejunjes porque, aunque no sabía qué le había pasao a ese hombre, tenía mucho arte en hechizos y se dio cuenta que había sido embrujao. La cuestión fue que de alguna manera le encontró la vuelta; y después de tres días, el aguelo se despertó más fresco que una lechuga.

Estaba medio mareao. No entendía nada. Lo último que se acordaba era haber tomado un mate que le dio el Muño Cepeda.

-¿Un mate?- le preguntó la curandera.

-Sí. Un mate con una marca. Una inicial grande. Una M.

– …Ollerito de porquería…-comentó  La Selena entre dientes.

Lo que son las casualidades. Ahí nomás se dio cuenta. Como le digo…. Ella conocía al patizambo. Y no sólo lo conocía: alguna vez había andao enamorada de él. Borracho, una noche que estuvieron juntos;  le había dicho que había fabricado un mate mágico; pa hacer el mal. Al primero que le diera buena plata, se lo iba a vender.

Al Ñato le daba vueltas la cabeza… ¿Por qué el Muño compraría ese objeto maligno? ¿Y por qué lo usaría contra él? No necesitó que Selena le diera la respuesta. Charlando sobre los posibles motivos, llegó a la conclusión correcta:

– Fermina. Dios Santo.

-Y tu caída en gracia con el patrón de la estancia-completó ella.

Pobre agüelo. Por él hubiera salido corriendo y le hubiera partido el corazón al medio a su falso amigo. Pero Selena lo llamó a actuar con cautela. No sabían exactamente qué  cosa había hecho, ni dónde estaba. Primero había que encontrarlo y averiguarlo.

Selena supuso bien que Muño no se quedaría a vivir en Sierra Trunca luego de su crimen. Para colmo, en ese pueblucho estaban tan lejos de todo que se le ocurrió una solución muy guena. Entre sus pócimas había algunas que daban a las personas apariencia de pájaros. El Ñato eligió un ave que no llamara mucho la atención, por ser común, un palomo. Iría cubriendo distancias hasta dar con su novia y su enemigo, ayudado por la poción. Iría también a Sierra Trunca; y escucharía los rumores de la gente y las conversaciones de su propio suegro. Una vez repuesto; y habiendo bebido la pócima, levantó vuelo en busca de su destino.

Tendrían que pasar más de tres meses y medio para que pudiera averiguar alguito. Se había enterado de que Silvio Benítez tampoco se había quedado quieto buscando a su hija, pero que no había conseguido nada. Hasta ese momento, él tampoco: ni Fermina ni Muño daban señales de vida.

Siempre que volvía de su búsqueda, Selena iba agudizando cada vez más con sus brebajes la vista de pájaro del tata para que pudiese penetrar lo que fuera. El esfuerzo dio resultado por fin. En un caserío dejado de la mano de Dios, una tarde de verano, frente al naranjo donde se posó, el Ñato vio salir a Fermina a regar las plantas del patio. Cuál no sería su sorpresa, cuando, atrás de ella, apareció un hombre idéntico a él. Entonces entendió todo…

Lo comentó con Selena.

-No sólo trató de matarte. Te suplantó. Según mis conocimientos, hay ciertos objetos que pueden transformar a las personas en quienes estos malaentraña quieran. De alguna manera, Olleros insufló ese poder en un objeto que no puede ser otro que el mate. Ahora que me acuerdo, habló de que una hojita verde era necesaria para que se alcanzara la magia. Lo que tenemos que hacer entonce es encontrar una fórmula que deshaga ese efecto, así Fermina te puede reconocer.

Le pidió que en el próximo viaje le trajera un pedacito del mate marcado; y un trocito de una hojita verde que estaría cerca de él. Eso sería suficiente para preparar el antídoto. El Ñato voló, entró en la casa de noche, notó que el mate estaba sobre la mesa, partió con el pico una partecita, quebró un cachito la hoja que encontró adentro, y que Muño conservaba diciendo que le daba rico sabor; y regresó feliz.

A Selena no le llevó mucho tiempo mezclar su preparado. Una mañana, después de tres días de trabajo, le dijo que estaba listo.

-Llegó el momento. Ahora vas a enfrentarte con ese hijo de mandinga. Usá la cabeza. No te expongas sin necesidá. Cuando hayas recuperado a tu mujer y tu honor, volvé a tus pagos y mandame a alguien de confianza para que me cuente todo. O venite convertido en pájaro.

El Ñato no sabía cómo agradecerle. Le prometió que si lo lograba, no solo le mandaría un mensaje, sino que la sacaría de ese rancho donde penaba y la llevaría a vivir con él y con Fermina.

Al final, se posó en el árbol después de varias noches de vuelo. Esperó. Le latía el corazón. El Muño, con su nueva apariencia, que sostenía con reiteradas dosis de su mate especial, salió despidiéndose de la gurisa.

Entonces el palomo agarró un trocito de pan horneado que llevaba en la pata; y en un segundo recuperó su forma humana.

Fermina lo vio venir y se sorprendió.

-¿Te olvidaste algo?

-Escuchame, por favor…- y la llevó adentro con firmeza y cariño.

Ella no quería saber nada. Él le pidió que se sentara tranquila. Al principio, ella no quiso creer una palabra de lo que le decía. Un disparate. ¿De qué otra manera se lo podía llamar a lo que le estaba contando? Se levantó dos veces enojada, pero el Ñato no dejó que se juera. Por fin ella se rindió. Algo en los ojos de aquel hombre era especial. Algo que el otro no tenía

-Dale esto, mi china. Yo voy a estar escondido en el establo. Cuando vuelva a mediodía, ponele esto en el mate con su inicial. Pero vos no tomes.

-No deja que nadie tome de ese mate. Dice que es un regalo muy apreciado; y por eso, compró otro para que compartiéramos los dos.

-Hacelo. Ingeniátelas. Vas a ver- suplicó él.

Faltaban tres horas hasta el mediodía. Fermina sabía que el supuesto Ñato regresaba a almorzar. Por ahí, a las cansadas, lo vio por la ventana y lo llamó, saludándolo. El Muño-Ñato le dio un beso y le dijo que le gustaría un matecito antes de comer.

Papita para el loro.

-Te doy del tuyo, porque yo no tengo ganas de tomar.

-Dale, gueno.

– Qué lástima que la hojita se partió un poquito.

– Por eso no me gusta que lo toque nadie.

Ella le cebó el primero. No hizo falta ni que terminara el sorbo. Ahí nomás perdió el conocimiento y su cuerpo volvió a ser el de Muño Cepeda, el pión envidioso.

Fermina llamó al Ñato.

-Tiene para varias horas – aseguró él – Tenemos tiempo. Agarro dos caballos y nos vamos. Juntá lo que necesites.

-Rafaelito…-se emocionó Fermina.

Dejaron a Muño en el establo, hicieron dos sacos con lo imprescindible, y cabalgaron de vuelta a Sierra Trunca.

Cuando el Muño despertara, por obra de la poción de Selena, no recordaría ni dónde estaba. Andaría perdido sin nunca recuperar la memoria del pasado.

El Ñato había tomado nota de los caminos por los que había volado, y eso le sirvió de mucho al momento del regreso. Unos baquianos a los que preguntó también aportaron lo suyo. Cuatro noches después, estaban mirando las laderas de la Sierra Trunca.

El Tapón Ibáñez casi se vuelve loco de la alegría. Una vez enterao de todo, le parecía increíble semejante maldad. Pero había recuperado a su hija y su yerno. Y se celebró casi de inmediato la boda. Y fueron todos muy felices.

-¿Qué tal? – preguntó Miguel, sondeando a Paredes.

-Uf…, flor de historia. ¿Y Selena?

-Vivió con ellos siempre. Con Fermina eran como hermanas.

-Así que fue así la cosa… Y del Muño no se supo más nada.

-Llegaron acá rumores de que se casó con una gringa, pero a los meses la abandonó embarazada. Lo último que se supo hace una punta de años es que lo encontraron tirao cuan largo era en una tapera mugrienta. Nunca se investigó la causa de la muerte.

-Terrible… Terrible – Don Froilán se aprontó para irse -Bueno, amigazo, le agradezco su tiempo. Muy interesante…. Ahora tengo algo que contar en el café. Me llevo los mates que me vendió. Lindos.

-¿Se toma el del estribo? Le cambio un poquito la yerba.

-Sí, claro. El último matecito, por favor- Y tomó.

Nunca nadie pudo explicar qué pasó con Froilán Paredes. Según declaraciones del artesano Miguel a la policía, en cuanto tomó el mate se convirtió en una rata que salió como por tirante al darse cuenta de su condición. Se le rieron. Casi va preso por burlarse de la autoridá. Pensaron que era un chiste.

La justicia se seguía cumpliendo. Don Froilán, víctima del mate, había pagado el precio de ser el hijo del Muño Cepeda, sin que por boca de nadie llegara a saberlo nunca.

Marisa Arana

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