LOS ÁNGELES NO USAN DESPERTADOR | Ricardo Giallorenzi

Publicado el 9 agosto, 2020

LOS ÁNGELES NO USAN DESPERTADOR


Por Ricardo Giallorenzi

La boca pastosa y el primer rayo de sol activaron la alarma bajo las sábanas. Se sentó, asustado. Miró sin comprender. Tomó el despertador con la mano derecha. Parecía muerto a las tres de la madrugada. Le habló como el príncipe de Dinamarca a su amigo Yorick. Lo acusó por omisión y lo sentenció, sin juicio, contra la pared del cuarto. Y, ahora sí, la alarma comenzó a sonar. No llegaría al rápido de las 7:41. Calculó: si los tres micros andaban a horario, los de Recursos Humanos no le descontarían el presentismo. Tal vez.

Se vistió. La ducha y el desayuno quedarían para mañana. Puso en la mochila una botella con agua, cinco panes y dos mandarinas. Secas unas, duros los otros. No había otra cosa. Tropezó con algunas cajas que ella, aún, no había venido a buscar. Escombros de algo roto. Con la cabeza gol- peó un llamador de ángeles. Bajó las escaleras maldiciendo, piso a piso, al servicio de los ascensores.La calle lo recibió sin estridencias. Uno más en el cardumen. Todo resultaba extraño cuando se quedaba dormido. Como si estuviera llevando otra piel. La Sube no funcionó en el segundo micro. Agotada, como él. Pegó dos golpes a la máquina. Sintió sed y sacó la botella. La mochila suspiró, aliviada. El conductor le indicó que bajase. (Le mostró el palo que persuade). Sembró saludos para la hermana y la familia (toda) de la UTA. Improvisó rimas. Pisó mal. Quedó rengueando. “Pasalo por la ART”, gritaron. Estrelló la botella en la publicidad de hamburguesas del micro.

Ningún kiosco para recargar la Sube. Miró el reloj pulsera. Desconfió de la vista. A veces miente. Recontratarde. “A patear” Avenida 13. Como Tato Bores, buscó la vereda del sol. Ninguno de los dos estaba. El presentismo iba a morir como el reloj. Esquivó a dos personas que dormían en el piso. Se estaba acostumbrando. Sintió asco de sí mismo. Volvió. A una le dejó las mandarinas y a otra los panes. “Es mi almuerzo”, se excusó. No habría milagro, a la vista. Desde atrás de la barba crecida le pareció escuchar: “Que Dios se lo pague”. El tono de voz resultó conocido.

No miró donde pisaba. “Trae suerte”, dijo la señora. Disculpó al caniche toy por lo que perdía a su paso. Discutió con la dueña que no juntaba. Vieja de mierda. Limpió el cal- zado junto al cordón, en un hilo de agua que ya no sería escarcha. Algo es algo.

No podía ser cierto. A esa hora tendría que estar en el call center con una taza de café, haciendo preguntas a personas que no querían ser preguntadas. ¿Era, hoy, su turno de devolver insultos?

En 13 y 54 frenó la marcha. Esperó al semáforo que lo miraba desde plaza Moreno. Hombrecito en blanco (igual que él). Avanzó como el ganso que lidera la formación en “V”. Una bocina. Verificó pisar la senda peatonal y que el hom- brecito no estuviera vestido de Independiente. “Okey”.  Infló los pulmones y los vació. Todo afuera. Interrumpió la frase en la “j” de carajo. Señas desde el auto. “¿A mí?”, tocándose el pecho. “Sí”, respondieron las luces. Creyó oír su nombre. Frenó en medio de la calle. El hombrecito blanco comenzó a parpadear. Los gansos que venían atrás en la formación llegaron al otro cordón. A salvo. Ellos. Él, solo como el chino de Plaza Tiananmén. Un 307 “A”, una combi y varios autos pedían permiso a su manera. Desde el auto blanco una mano, de mujer, le indicó que hiciera unos me- tros. Volvió sobre sus pasos. La prepotencia, sobre ruedas, quedó satisfecha hasta un próximo semáforo en rojo. El 307 “A” regaló gasoil a su paso. Venganza por los versitos al compañero. El auto dobló por Avenida 13 y se detuvo, sin estacionar. La música se escuchaba alta. Reconoció los sonidos y la voz. Grace Jones. Caminó por la vereda hasta alcanzarlo. Estaba ganando la ansiedad. ¿Sería una broma? Se acercó, curioso, en modo automático y combativo.

El vidrio del lado del acompañante iba bajando. También la música. Silueta de conductora. Cabellos largos, tonalizados como los anteojos. Rostro y hombros bronceados. Cariló. Finalmente pudo ver (como pintaban los egipcios): remera gris sin mangas, escote breve, jean, nuevo, gastado en las rodillas. Y zapatillas blancas. Las amó por pisar el pedal de freno. Puso la mano izquierda debajo de la cara y sostuvo con la derecha. ¿Estoy soñando? Se detuvo en los labios. Lo madrugaron, otra vez. No pensó que, además, decían:

-¿Ahora no saludás?

No se perdonaría, jamás, preguntar “¿Quién sos?” Como en el teatro: “Salió al toro”.

-Me encanta Grace [ones: “I’ve seen that face before” (He visto esa cara antes) es una de mis preferidas. (No te

saco).to.-Adiviná.

-¿Trabajamos juntos en el Ministerio?

-Frío, frío.

Solo queda la Facultad. Me tiro.

-¿Ibas a Derecho?

-Tibio, tibio.

Bien. Mejor dicho, mal. No iba a Derecho. Dijo tibio.

Tenía una fogata para encender y un solo fósforo. Pálpito

-A Humanidades: ibas a Humanidades, sí señor.

-Me quemé. Palpitó.

No supo si fueron las palabras o la sonrisa continua.

Ella subió el volumen por unos compases. El sonido despertó neuronas.

Dijo “ahora”: quiere decir que antes nos saludábamos. Tarareó el tema, ganando tiempo. De algún lugar me conoce; ¿del barrio? ¡No!, solo había “bagartos”. ¿De la escuela? Tampoco, todas son más rellenitas. ¿Del laburo anterior? Menos, una sola mujer y por jubilarse. En el Ministerio éramos quinientos en cada piso. ¿Quién puede ser?

Bajando los anteojos, nuevamente le hablaron:

-También olvidadizo.

Color miel. Se acercó. Puso la mano derecha sobre el parante delantero y se inclinó. Levemente. Olió el perfume. Caro. Bajó, más, la cabeza y llenó los pulmones. J’Adore. Jazmines. Carísimo. Lo separaban, apenas, sesenta centímetros. La sonrisa habló: Algo, además de los recuerdos, se activó. Fue por quinto año de “la Facu”. A él le faltaban dos materias, ganas y vocación. En una fiesta de amigos que se habían graduado: ahí estuvo ella. Alguien (¿un ángel?) los había presentado. No tuvo tiempo de registrar el hallazgo. La sonrisa continuó:

-Te di mi teléfono y nunca me llamaste.

Movió, ligeramente, la cabeza. Como Einstein imaginó la

estupidez y el infinito.

-El perro me comió el papel.

Habló de un labrador golden, de “Marley y yo”, de sillo- nes destrozados y de paseos por parque Saavedra. Un 273 los saludó, a bocinazos, por estar mal estacionados. ¿Qué les pasa?

Imaginó un nombre para el perro: Seren. Lo pronunció con la “o” atravesada por la “a”.  Habló de Kierkegaard, e existencialismo y la alienación del yo. Gracias Canal Encuen- tro. Mentira la verdad:

-Se lo llevó mi ex. La sonrisa se escapó.

-Extraño al perro.

Ella, toda, se rió. El habitáculo, la mañana y el alma se llenaron. Rescató dos versos, náufragos, de Kierkegaard. Los recitó:

“¿Quién puede bajar los ojos como una mujer?

¿Y quién sabe alzarlos como ella?”.

Se alegró de haber elegido esa vereda. La del sol, que estaba queriendo salir por detrás del colegio de la Misericordia. Reflejó en la sonrisa. Sonaron las campanas de la Catedral. Oyó batir de alas, no vio palomas. El nombre salió sin pedir permiso.

-Regina.

Ella sonrió aún más. Pensó en los cinco panes, las dos mandarinas, el presentismo perdido y las excusas por la inasistencia. Más tarde. Bajó la cabeza, esta vez con placer, para decir:

-¿Tomamos un café en la esquina?

-Subí, yo elijo el lugar.

El olor a jazmines fue más intenso. Agradeció al despertador roto, al hombre detrás de la barba, al caniche. Y a la vieja también.

Ricardo Giallorenzi

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