GUALICHO | Andrea Russo

Publicado el 9 noviembre, 2020

GUALICHO


Por Andrea Russo

¿Y si esta vez el hechizo funcionaba?

Siete flores de amancay, jugo de tres hojas de ruibarbo y un sapo encerrado en una lata.

Hacer un emplasto con las flores y el jugo y dárselos, disimulados en el mate, al elegido. De no ser esto posible, dárselo a un perro, animal fiel si los hay, porque se dice que todo gualicho para que funcione debe ser ingerido si no por el destinatario por alguien que lo simbolice.

El número 7, para convocar lo mágico; las flores, para atraer; el ruibarbo dulce, para enamorar y el sapo encerrado, para asegurar fidelidad.

La Lidia se había empeñado en no quedarse para vestir santos. Ya le habían fallado varios candidatos. Convengamos que a los 14 ninguna está condenada a la soltería, pero en Los Coirones, a 950 km al norte de la capital provinciana, y con 154 habitantes, toda jovencita está en edad de preocuparse.

La Lidia vivía con su abuela Asunta, curandera de oficio, que la había iniciado en el intrincado arte de sanar. Desde un empacho hasta la culebrilla, pasando por el mal de ojos, nada tenía secretos para la Lidia. Ahora bien, poco y nada había incursionado hasta entonces en los gualichos para el amor. Y era lógico, en tiempos de Asunta, los hombres abundaban, al igual que el trigo, la hacienda y el corral. La anciana debió de haberlo pasado por alto, dando por sentado que su nieta era aceptablemente casadera. En conclusión, la Lidia no se había vuelto muy ducha  en esto de engualichar.

Todo empezó con la sequía. Al principio se intentaron canales de riego, algún que otro técnico que llegaba con nuevas ideas y con las mismas se iba; otras veces, los pobladores más allegados al poder esgrimieron amagues, poco convincentes, para que algún concejal tomara partido. Amerita también recordar a aquel extravagante hacedor de lluvia, desvanecido por el mismo encanto con el que llegara, una vez embolsado los honorarios. En fin, que todo, todo, había sido en vano… Y así, los hombres, los más jóvenes y los no tanto, sistemáticamente empezaron a irse. De a poco y con desgano. Con el mismo desgano que se iba apoderando de ese lugar perdido en el mapa y a no tanta distancia de la capital de la provincia. La mayoría, a los aserraderos del Amazonas.

El Mingui era uno de los últimos varones jóvenes que iban quedando en el pueblo. El tren de la frontera llegaría el viernes a las tres de la tarde y él también se iría a tentar suerte en los aserraderos. No era que a la Lidia le gustara demasiado el Mingui, no, pero si se iban juntos quizás podría ella también tentar suerte en el Brasil. Porque ¿quién se iba a quedar en ese pozo de mala muerte donde la tierra se abría en grietas, esperando la lluvia que, año tras año, continuaba restando milímetros en el parte meteorológico?

Había que actuar rápido. El amancay y el ruibarbo eran lo de menos, crecían a los costados de las vías y aunque estaban lejos del esplendor, todavía el amancay destilaba tenue su perfume cuando el viento seco lo mecía, y la savia, rojiza, se transparentaba por los tallos del ruibarbo. Lo que de sapos, ni miras. ¡Con la sequía…!

Llegado el viernes, la Lidia se decidió, si no encontraba un sapo ¡metería una lagartija! Al fin y al cabo, ella misma había creado el hechizo, ¿por qué no podía cambiar batracio por reptil? Salió decidida, con la latita vacía de Mazawatee que su abuela Asunta guardaba como una reliquia de cuando los tiempos de bonanza. El sol en lo alto del mediodía; terrones de tierra seca crujiendo bajo cada pisada. El calor la mareaba, los tábanos le zumbaban en los oídos, le picaban los brazos, los hombros… ¡nada podía interponerse! Los ojos de la Lidia, achicados por el resplandor, miraban atentos para atisbar alguna lagartija.  Hasta que al fin… ¡Verla, arrojársele encima y meterla en la latita de Mazawatee fue un solo y único acto!

Siete flores de amancay, jugo de tres hojas de ruibarbo y una lagartija encerrada en una lata. ¡Qué tanto!

Volvió con prisa, dejó bien cerrada la latita junto a la higuera. Se apuró  a preparar la pócima de flores y jugo. Había que metérsela de prepo en el hocico al noble Fido. Viejo y manso, el perro tragó como pudo el emplasto. Después, retomó aletargado la siesta temprana.

Ahora, a esperar…La Lidia se sentó junto a Fido, bajo la escasa sombra del árbol de brevas escuálidas. Las tres menos cuarto, las tres menos cinco, ¡las tres!

El guarda de la estación hizo sonar el silbato. La locomotora, puntual, hizo chirriar el hierro de los durmientes. El Mingui, ignorante del protagonismo que había tomado, terminó de acomodar su mochila en el portaequipaje. No dejaba nada atrás.  Se acomodó, recostó la cabeza en el respaldo, más que con nostalgia, con gesto de hastío. Casi con el mismo gesto con el que la Lidia, resignada, miraba cómo saltaba la tapita de Mazawatee y escapaba, sigilosa y sofocada, la pobre lagartija.

Andrea Russo

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