A los hijos los manda Dios, demos gracias a Dios | Roberto Vola-Luhrs

Publicado el 5 enero, 2021

A los hijos los manda Dios, demos gracias a Dios


Por Roberto Vola-Luhrs

Basado en una historia real

 Mañana de domingo otoñal en Madrid. Para ser más precisos en la zona centro de la capital española. Un edificio de estilo francés de cinco pisos. Muy “paquete”, diría mi tía Lorna. Desde allí Luis Serra puede observar a la Fuente de Cibeles, al Palacio de Buenavista, al Palacio de Comunicaciones – antes sede de Correos- y al Banco de España. Hubiera preferido despertar frente al Mar Mediterráneo, en su ciudad natal de Barcelona, y ver desde la ventana al Monumento a Colón, pero no: está en Madrid. Cada día piensa despertar en Barcelona, pero no: está en Madrid.

Los madrileños gustan de desayunar tarde los domingos, y a eso si se acostumbró, rápido, Luis. Él y su familia disfrutan los fines de semana. María, su mujer, lleva su nombre en honor a la virgen, de quien es devota como su madre. “A los hijos los manda Dios”, suele decir. Son tres, Luis – como el padre y el abuelo – Marcos y María – como la madre, la abuela y bisabuela.

Café con leche en tazones de terracota. Todos desayunando y programando la salida al Parque Retiro. Bicicletas y patines listos. Luis ya ha leído el periódico bien temprano, muy sigiloso, para no hacer ruido. Este café es el segundo de la mañana. El primero fue “bebido” y negro.

–  Luis, dice María, mientras ojea el diario.

–  Estoy de acuerdo, responde.

–  ¿Pero con qué?, si no te he dicho nada.

–  También yo lo leído, María, y estoy de acuerdo con lo que piensas.

Luis y María son de esas parejas que se han formado en la escuela primaria. Es que habían nacido el uno para el otro. No recuerdan desde cuando fueron novios. Ni falta hizo que Luis se lo declarara y que María lo aceptara. Eran novios, así de sencillo. Sus padres decían que era “cosas de niños”. Sin darse cuenta, era como había empezado todo.

María era más estudiosa y aplicada. Luis más deportista y soñador. Supieron complementarse, entenderse y admirarse el uno al otro. En algo coincidían: tener una gran familia.

En la página cuatro, del suplemento “Sociales” del diario El País, rezaba el siguiente aviso: Se entrega, en adopción, a niña con Síndrome de Down.

–   Luis, ¿tú crees que alguien adoptará una niña con Síndrome de Down?

–   ¡Si, claro! Claro que sí. Nosotros. Por eso te dije que estaba de acuerdo con lo que estás pensando.

Fueron años felices. Agustina era, de sus cuatro hijos, la más sociable, colaboradora y cariñosa con todos. Deportista como Luis, adoraba jugar al hockey con sus compañeras del colegio. Se integraba fácilmente, aunque su madre solía decirle que debería ser menos caprichosa. Le costaba aceptar los cambios, solía tener resistencia a ellos. Llamaba la atención que tuviera iniciativa, no es común en estos niños.  Sin embargo, era muy tenaz, le molestaba la impuntualidad, y hacia las tareas que se le encomendaban con responsabilidad, con cuidado y perfección.

Para esta época, ya eran siete en la familia. Joan era el hijo menor. Si María y Luis habían soñado formar una gran familia, ya la tenían. Se habían mudado cerca, muy cerca de su casa anterior, a un Petit hotel al que habían restaurado. En las tareas de reciclado del edificio todos habían colaborado con algo. Pintura, lijado y limpieza. Contentos, ahora cada uno tenía su habitación. En la familia Serra se respetaba mucho la privacidad. Los domingos por la tarde, solían ir a la misa que daba el padre Antonio en la capilla del colegio Santa María del Pilar, donde concurría Agustina y lo había hecho, antes, su hermana María.

Fue una convulsión, para Agustina, la noticia del embarazo de su mamá. Pero fue tanta la alegría, de todos, que ella terminó aceptando la llegada de otro hermano. No era en sí el hermano o hermana sino el cambio que ello significaría lo que la inquietaba a Agustina.

Luis solía ir a la cama de su hija, cada noche, para explicarle que había que estar contentos. Que cada uno tiene su lugar y que, así como fue con Joan, sería para ella una nueva compañía en sus juegos. No sabían si sería mujer o varón. No quisieron saberlo. Tener la alegría de la llegada y tener la sorpresa del sexo era parte de sus hábitos, a la vieja usanza.

Como todo, el día llegó. Allí estaban juntos en la sala maternal del Hospital Beata María. Llegaría, de un momento para el otro, el octavo miembro de la familia Serra. Alboroto general.

Todo había salido magníficamente en el parto. La mamá en perfecto estado y Matilde – así se llamaría la niña- también en perfecto estado.

El doctor Romero, llamó a Luis a una sala contigua. Le explico que todo había salido bien, aunque no sabía de qué manera tomaría la “mala noticia” de que su nueva hija padecía el Síndrome el Down.

–   ¿Mala noticia, doctor? Preguntó Luis. “Buena noticia”, dijo. “Ella vendrá a jugar con Agustina, y ambos se sentirán más acompañados y comprendidos. A los hijos los manda Dios, demos gracias a Dios”

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