7 de noviembre

Publicado el 7 noviembre, 2019

Albert Camus nació en Mondovi, Argelia francesa; el 7 de noviembre de 1913. El novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia forjó sus concepciones bajo el influjo de Schopenhauer, de Nietzsche y del existencialismo alemán. Sus obras principales son El extranjero (1942), La peste (1947) y La caída (1956).

Se le ha atribuido la conformación del pensamiento filosófico conocido como absurdismo, si bien en su texto «El enigma» el propio Camus reniega de la etiqueta de «profeta del absurdo».

Se le ha asociado frecuentemente con el existencialismo, aunque Camus siempre se consideró ajeno a él. Pese a su alejamiento consciente con respecto al nihilismo, rescata de él la idea de libertad individual.

Formó parte de la Resistencia francesa durante la ocupación alemana, y se relacionó con los movimientos libertarios de la posguerra.

Un aspecto que ha llamado la atención sobre la trayectoria de Camus es el fuerte conflicto con el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre, el cual surgió a partir de la publicación de El hombre rebelde. Sartre se había vuelto cercano al comunismo, y aunque nunca fue parte del Partido Comunista, estaba comprometido con un proyecto que combinaba el existencialismo y el marxismo.

Camus, aunque renegaba del nombre de existencialista, estaba convencido que el existencialismo y el marxismo eran incompatibles, y que el marxismo constituía una secularización del pensamiento cristiano, en el cual se sustituía la figura de Dios por la idea del movimiento de la historia. Esto llevaba, por lo tanto, a la muerte de la libertad, encarnada en los horrores del estalinismo. Como contraparte, decía que la democracia burguesa reemplazaba la misma figura de Dios por el principio, un tanto ambiguo, de la razón. En nombre de la libertad, la sociedad burguesa justificaba la explotación y la injusticia social. A partir de esta diferencia de visión, Camus y Sartre sostuvieron una célebre polémica en la revista Les Tempes Modernes a inicios de los años cincuenta. Los lectores de la publicación, y especialmente Sartre, consideraron a Camus un idealista “iluso y romántico”, que se complacía en transponer a términos morales e individuales cualquier análisis de la realidad (en la época, la dinámica era inversa: llevar a términos colectivos e ideológicos los dilemas personales).

En 1957 se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad».

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