EL FUTURO HA LLEGADO (III)

Publicado el 5 octubre, 2018

La lectura de las reflexiones del Dr. Mario Terzano (con las cuales concuerdo absolutamente) acerca de algunas de las implicancias de la
llegada de UBER a nuestro país, como señal de una modernidad impostergable, me ha movido a volcar en el teclado mis propias reflexiones. Se trata de un tema del cual hemos hablado en varias ocasiones con amigos que, también, advierten en el fenómeno sectorial anti-UBER la punta de un iceberg donde se solapan los aspectos menos conocidos del mundo y el inframundo de los taxis en la Ciudad de Buenos Aires.

Quiero aclarar que mi opinión no podría tacharse de parcialidad ni de proselitismo: no soy un usuario típico de UBER, sino más bien un permanente usuario del servicio de taxis, desde hace más de treinta años. Y ello por pertenencia etaria, por arraigo de hábitos casi atávicos (encuentro una extraña afirmación de mi identidad urbana con validez cosmopolita, en el gesto de alargar el brazo derecho ante el vehículo de mi elección) y por mi incompetencia en cuanto a nuevas tecnologías operadas desde los celulares (baste decir que a duras penas manejo el What ́s App, siguiendo un recurrente protocolo de ensayo y error, con enorme dosis de lo segundo…). Vale decir que previsiblemente y en el corto plazo, seguiré usando servicios de taxis y, más improbablemente, alguna vez seré, en lo inmediato, cliente de UBER. Lo cual, sin embargo, no me impide percibir con claridad los déficits del servicio del cual soy, muchas veces, un mortificado usuario.

Quiero aclarar, también, que, dado que las generalizaciones son engañosas (y, puestas como premisas de cualquier silogismo, conducen a falsas conclusiones), lo que yo diga acerca de servicio de taxis no podría tener validez para todos los casos de todos los taxistas de Buenos Aires. Hay excepciones de ostensible notoriedad que, por lo mismo, ofrecen un contraste marcado con la regla general. Ello equivale a afirmar que las excepciones son cada vez menos frecuentes. ¿Por qué? Porque en la Capital, ser taxista pareciera ser, cada vez menos, una profesión permanente y, cada vez más, una alternativa última ante el desempleo o el fracaso como cuenta propista. El paradigma romántico del “tachero” porteño al estilo de Rolando Rivas es una engañosa nostalgia.

Aclaro, también, que mis observaciones se refieren, principalmente, a los taxis llamados “de calle”, es decir a los que circulan levantando pasajeros random, y no a los que integran flotas de radio-taxis.

Hechas las tres advertencias anteriores, permítaseme agregar algunas consideraciones de tipo empíricas, al análisis de Mario Terzano.

Yo creo que UBER, hasta ahora (y digo “hasta ahora porque” en la Argentina todo se degrada rápidamente) ha desnudado, por vía de contaste, una situación, un cierto felling, que ningún usuario de taxis podría dejar de observar: la creciente mala educación, falta de estética profesional e impertinencia de una enorme cantidad de choferes. Y debe ser una cantidad enorme, por cierto, porque estadísticamente, quienes tomamos taxis, nos topamos con ellos con una frecuencia cada vez mayor.

El azar suele obsequiar al pasajero con taxistas “de calle” que: 1. Intervienen en la conversación sin invitación previa; 2. Pretenden interrogar al pasajero con preguntas impertinentes o con el planteo de temas que quizá forman parte de “su” agenda de curiosidades. Muchos de ellos hasta pretenden relatar episodios de su vida, con un registro narrativo que va de la epopeya a la frustración y al resentimiento (mientras uno se pregunta para si, tomando un sincero partido gnoseológico: -¿Y a mi qué me importa?…; o tomando prestada una repetida frase de Mr. Spock en la temporada original de Star Trek: -Irrelevant data-…) 3. Pontifican unilateralmente sobre cualquier cuestión que ellos mismos postulan como quaestio disputata (preferentemente cuestiones de la esfera de la ciencia política, la economía, la sociología, la antropología, el deporte, el derecho penal, la ciencia, la religión etcétera) y lo hacen, como decía el divino Platón, “con la arrogancia de un tirano” y con la certeza de una cátedra de Oxford. De modo tal que el pasajero suele ser aleccionado, aún en aquellas materias de su competencia profesional o de su autoridad intelectual, con los argumentos, los clichés y las certezas ( frecuentemente, “doxa” revestida de “episteme” mediática) que el taxista ha abrevado, con la crédula avidez de quien consulta un oráculo, en alguno de los canales de los medios dominantes. El mutismo es lo más recomendable, porque cualquier intento de réplica agrava y alarga el aleccionamiento… 4. Obsequian al pasajero con la escucha de programas de radio ajenos a sus preferencias, con conductores e invitados que emplean un vocabulario definitivamente inadecuado para la comunicación pública y que jamás escucharías en tu propia casa. Poco les importa que viajes solo o que viajes con señoras o con chicos. 5. Lo mismo, con músicas y letras de la más plebeya vulgaridad y falta de calidades artísticas y poéticas. Los supuestos 4 y 5 obligan al pasajero a solicitar la disminución del volumen o el cambio de estación del dial, cuando tal acción debería formar parte automática del protocolo de manejo. Raramente es espontánea en nuestro medio. Recuerdo hace unos años, en Madrid, a un taxista de mediana que me consultó respetuosamente si “podía poner música clásica a bajo volumen” (sic). Me asombró la culta urbanidad de ese chofer, e inevitablemente pensé en muchos de sus colegas porteños, allá en las antípodas de su cortesía. 6. Circulan con las ventanillas delanteras bajas, como paliativo veraniego de la falta de aire acondicionado. 7. Hay otros que apelan a una peor triquiñuela para disimular su incuria , en verano: circulan con la ventanilla delantera derecha cerrada, y recién cuando lo has abordado, te enteras de que “no funciona el aire acondicionado” (sic). 7. Atienden el celular y mantienen chats en voz alta, mientras manejan. 8. Comen o beben mientras manejan. 9. Leen, de reojo, un diario (preferentemente el diario de Magnetto) apoyado en el asiento del acompañante, mientras manejan. Y 10, para no alargar el inventario de incomodidades e incorrecciones, te encuentras a menudo con aquellos choferes que al escuchar el punto de destino (cuando de trata de zonas del down-town, en días álgidos de semana) no pueden refrenar la exteriorización de su protesta y su disgusto. Y hasta su negativa.

Hasta donde he podido informarme, estas conductas reñidas con el carácter de “servicio” de los taxis, y reñidas con las mínimas normas de buena educación, no se verifican (de momento) en UBER.

La llegada de UBER y los episodios de persecución a sus autos por parte de taxistas vengadores (que en muchos casos pretendían actuar en una supuesta defensa de los intereses de los usuarios de taxis…sin ningún mandato para ello…) ha motivado, como dije antes, numerosos interrogantes acerca del mundo de los taxis (lo que vemos de ellos cotidianamente) y acerca, también, de su inframundo (vale decir, de aquellos estratos no visibles de sus modos de operación). El inframundo podría ser más sórdido de lo que imaginamos: recuerdo a un taxista , hace un par de años, quien se jactaba de “especializarse” en trasladar a su casa a travestis , al finalizar su jornada en los bosques de Palermo o en zonas ad hoc, apagando el reloj-taxímetro, y fijando la tarifa en especie, es decir, una fellatio. Y me aclaraba que “no era el único taxista que lo hacía” (sic) . No pretendo mencionar el ejemplo con ninguna intención moralizadora. Además, no me quedó claro qué rol desempeñaría aquel chofer en la transacción…Pero hay ciertos límites que imponen las buenas prácticas, en cualquier profesión u oficio. ¿Podría ocurrir esta situación en un viaje contratado con UBER y con su tarifa formalizada a través de un medio de pago?

Se dicen otras cosas que yo no podría aseverar: ¿Será cierto que hay choferes que integran los servicios de inteligencia de las fuerzas de seguridad y que obtienen información ambiental de los pasajeros, iniciando inocentes conversaciones sobre política? ¿Será cierto que algunas paradas de altísimo movimiento tienen un sistema “mafioso” de admisión de taxis? Tal vez se trate de “mitos urbanos” o de rumores sin fundamento o de simples macaneos.

Quiero insistir en un aspecto del asunto: no todos los taxistas asumen estas conductas impertinentes que vengo describiendo. Pero las chances de abordar un taxi y toparte con estas situaciones existen, al fin, y son bastantes. A todos nos ha ocurrido alguna vez, o más de una vez. La presencia de UBER en nuestro medio capitalino y las desmesuradas reacciones en su contra, indicarían que, como tantos otros sectores sindicalizados de la Argentina, el mundo de los taxis tiene facetas inconsistentes con el modelo de un servicio moderno, e interlineados que los usuarios ignoramos.

Oscar Andrés De Masi
Usuario habitual de taxis.


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